Memoria del polvo
Memoria del polvo. Conseguila en librerías de Rosario o por compra online. ¡También podés descargar el ebook o leerla en la página!
Librerías en Rosario
Rosario y resto del país
Chile
Ir a página de pre-venta en Chile»
Descargar ebook
Libro en pdf
Próximamente en otros formatos...
Leer en línea

Memoria del polvo

¿De qué color es el polvo? En el barrio, el amarillento oscuro tapiza calles, decora el agua que recorre las zanjas, se asienta entre los yuyos que rodean a las veredas. Da saltitos con cada paso y se cuela entre los dedos, se endurece con la transpiración. Las zapatillas cambian de color. Y con los movimientos más bruscos —en las corridas, cuando las motos van y vienen—, el polvo se levanta y vuela por ahí, entra a las casas y trasluce el paisaje, se mete en el pelo y en la memoria.

Ana camina a paso rápido, zigzagueando por un terreno que conoce. Evita la vereda y avanza por la calle de tierra. La vista en el celular, ajusta la configuración para que el sonido no interrumpa las clases. Se distrae siguiendo la trayectoria de una araña que es un punto negro sobre el brillo de la pantalla. Con un movimiento suave la deja caer. Cuenta tres arañas en lo que va de la semana; se pregunta si tendrán algún significado. Guarda el celular en el bolsillo del guardapolvo, abraza el cuaderno contra el pecho. Repasa: las actividades con segundo ciclo irán alrededor de la feria de hoy y la marcha de mañana. Sonríe a los vecinos que están despiertos a esas horas. Se detiene en lo de Chela por un mate.

—Marcelito vio la cosa anoche, profesora —El diálogo comienza antes de cualquier saludo.

—¿La cosa? ¿Qué cosa?

—Los gusanos, el Homero Simpson que lo amenaza con un martillo, la putrefacción.

—¿Homero Simpson?

—Está teniendo visiones de muerte, profesora. Al padre se le aparecían cerebros llenos de baba y bichos con los ojos rojos antes de pasar a mejor vida.

Ana sorbe el mate y lo devuelve.

—¿Tiene mucha fiebre?

—Va y viene.

—¿Fueron al dispensario?

—No lo puedo sacar de la casa, no sé qué más hacer.

La voz de Chela mezcla tonos de voz oxidada, algo agria por la vejez y las quejas de lo que no hay.

—¿Está en cama?

—Sí. Le vendría bien una frazada más, si nos consigue. —Los pedidos no están dirigidos a la profesora, sino hacia afuera. Ana viene de ahí. Adentro del barrio no se consigue nada—. Y pares de media. Marcelito usa dos o tres a la vez y se le rompen.

—Veo qué puedo hacer. Gracias por el mate, Chela.

—¿Va a la escuela?

—Sí, como siempre.

—¿La saluda a Irma de mi parte?

—Sí, como siempre —responde Ana, da un paso largo sobre la zanja que lindea la vereda, y sigue camino por la calle.




El edificio de la escuela resalta por la perpendicularidad que sus paredes mantienen respecto al suelo, lo que es inusual en las construcciones del barrio. El descolorido de la pintura, sin embargo, la mimetiza con el paisaje. Las banderas apostadas sobre la puerta recuerdan que la escuela está en un país y una provincia, y también que no hay mucho valor en robar una bandera. Por el contrario, Irma, la secretaria, repone mensualmente la plaquita de bronce que dicta nombre y número de la institución; nadie sabe por qué sigue optando por este material tan valioso para los vecinos, ni tampoco de dónde lo saca. Las micro-decisiones que hacen a la vida cotidiana de la escuela son tantas y tan variadas, que muchas quedan afuera de cualquier debate entre el personal.

Un chirrido prolongado anuncia que la puerta está abierta. Nacho y Leo salen, se sientan en los escalones de la entrada. La broma recurrente sostiene que los dos son un único preceptor. No son parecidos, pero se los confunde por una mímesis de personalidad y criterios que a veces roza lo inverosímil.

—La historia va así: la abuela está inestable, se sienta a comer pero sin afirmarse a la silla. Pierde el equilibrio y se cae. El nieto estaba mirando el celular. El golpe lo despierta: ve a la abuela horizontal, acostada en el piso. Todavía no ve la sangre. La abuela la siente. En realidad, es lo que desea: quiere que el golpe haya sido letal y entonces se imagina la sangre. Acierta.

»El pibe tiene catorce años. Nunca tuvo una emergencia. Grita: ¡abuela!. Rodea la mesa, pregunta los qué pasó, los estás bien. La respuesta desconcierta: “Dejame acá, nene, que me quiero morir”. La situación ya era nueva para él y la abuela le larga ese comentario.

»Se queda frío, estático. Remarco esto: pierde un tiempo. Van dos tiempos perdidos: primero, por la distracción con el celular. Segundo, por el shock de escuchar a una persona decir que se quiere morir. Que le pide que la deje morir. ¿Quién está preparado para escuchar eso? Un pibe de catorce años (a menos que sea muy especial) está claro que no.

»“¿A quién llamo, abue?”. El chico reacciona y repite en voz alta la pregunta que aparece en su cabeza. Ella dice a nadie, a nadie, dejame. Pero la pregunta fue retórica; él ya se está moviendo. Enumera: “Mi viejo está en la fábrica, al vecino no le importa nada, tengo que llamar una ambulancia, qué se le dice a un médico”, y así. “¿Cuál es el número de emergencias, abue?”. Habla por hablar mientras busca alguna pista en la casa.

»No es llamativo (quién no haría lo mismo) que el chico no preste atención al deseo de la abuela. Desconoce el debate sobre eutanasia, muerte asistida y demás. Pero toma posición y actúa para salvar. ¿Será por reflejo, por mandato social? La palabra de la abuela siempre fue respetada, pero ahora el chico no le hace caso.

»La abuela recita un número de teléfono y provoca el tercer tiempo perdido: en la desesperación, el chico agarra el teléfono fijo y marca. Nada. Vuelve a intentar y nada. La abuela le dictó cualquier cosa. El pibe revuelve los papeles que están a la vista. Piensa si salir a la calle y gritar, duda; no sabe qué gritar. Mira el celular, es obvio que no tiene crédito, calcula si puede correr hasta la escuela para enganchar el wi fi desde afuera. Y entonces lee: “Sólo llamadas de emergencia”. Eso muestra la pantalla cuando el chip no tiene crédito. Presiona el ícono para llamar y el aparato disca 911. El chico salta por la euforia. No te das una idea la serenidad que te genera el tono del celular llamando cuando no tenés crédito. Remarco: el celular está programado para salvar, igual que el chico. Me vuelco por la idea de “mandato social”: un pibe sin información puede resolver la emergencia con un aparato que está diseñado para eso.

»Del otro lado del teléfono, una voz amable entiende con pocas preguntas lo que está pasando. Le asegura que hay una ambulancia en camino. El chico no sabe cuánto demoran los servicios de emergencia en llegar al barrio, en entender las direcciones, en diferenciar dónde termina un rancho y empieza el otro. El médico llega para confirmar la muerte.

»Acá se abre el dilema. La muerte de la abuela estaba determinada desde la caída, aun si la llamada de emergencia se hacía al toque. La ambulancia no hubiera llegado a tiempo y las causas son sociopolíticas: barrio periférico relegado, abarrotamiento del sistema de salud pública, calles que son un desastre para manejar, etcétera. Pero cada uno de los tiempos perdidos antes de hablar con el 911 dejan huella en el chico. Contamos tres, pero él repasa la escena hasta encontrar mil pasos mal dados y, en conclusión, culparse de la muerte de la abuela. El entramado social que lo rodea, ese entramado que también abandona a los abuelos y por el que esta señora llega a los cincuenta, sesenta años en un barrio como este y se quiere morir, le generó un trauma que va a cargar toda la vida.

—Yo diría: el entramado social “le generamos” el trauma.

—Eso.

—¿El pibe es Feli, de primero? ¿Por eso repitió?

—Estuvo un mes sin venir a la escuela después de lo que pasó.

—¿Y por qué no sabíamos nada?

—Lo mismo me pregunto.

—Habrá que estarle cerca.

Se ponen de pie mientras llegan los primeros chicos.

—Voy a preceptoría.

—Yo tengo que llevar las actas a Dirección.

Avanzan por el pasillo de entrada hasta que se separan y, casi al mismo tiempo, uno dobla a la derecha, el otro a la izquierda. Difícil decir quién a cuál.




El final del sueño, abrir los ojos, la chapa que es techo. Las mismas ondulaciones de todos los días. El tornillo transformándose en herrumbre. Sacar una mano de abajo de la frazada, palma en el piso: la experiencia permite reconocer la temperatura en el barrio al simple tacto. Andrés demora en levantarse; el amigo espera afuera, como cada martes.

—Pasá, Lucho. —Abre la puerta, da la espalda a Lucio, busca algo en la heladera—. ¿Te hice esperar?

Lucio sonríe, se sienta a la mesa, apoya la mochila en el suelo.

—No pasa nada, hermano —dice.

Andrés saca la pava del fuego, inicia la secuencia de pequeños ecos con ojos entrecerrados: el metal raspando el metal, el tic de la perilla de gas, el fum de la llama que desaparece, el agua revolcándose sobre el agua en la taza de plástico gastado. El tac de la taza sobre la mesa.

—Estoy liquidado.

—Mhm —asiente Lucio. El zip del cierre, el primer jugo de naranja que emerge de la mochila.

—Cómo pica esa frazada —los dedos de Andrés rascan la piel, los ojos miran el juego del sorbete saliendo del plástico, perforando el aluminio, Lucio sorbiendo el líquido anaranjado.

—¿Cuándo te tocan las sábanas?

—Ya no llevo la cuenta. Prefiero que las usen mi vieja o mi hermana, qué sé yo.

—Todos necesitamos un problema —dice Lucio como si nada, analizando los dibujos del pequeño tetrabrick de jugo.

—¿Mm?

Andrés detiene el movimiento de la taza que se acerca a los labios. Espera que el amigo complete la idea. Esto posterga el usual encuentro del agua caliente con la piel, algo que cada día Andrés se olvida de prevenir: no sopla, no revuelve, no sigue ninguna recomendación, sólo recibe el choque de calor sin resguardo.

—Digo que vivir sin problemas es una ilusión. La gente quiere tener todo resuelto, pero es una trampa inconsciente de la cabeza.

La taza continúa entonces su ascenso.

—La puta, esto quema —el comentario que se repite cada día—. ¿Qué gente?

—Nosotros. La sociedad.

—Explicate —dice Andrés, deja la nariz dentro de la taza para sentir el humo abrazándola.

Lucio saca otra cajita de la mochila.

—¿Cuántos jugos tenés?

—Necesito azúcar para tirar todo el día.

—No dormiste nada, ¿eh?

—Sigue el insomnio, como mi viejo.

—Para mí que te contagió.

Lucio levanta los hombros al mismo tiempo que perfora el aluminio con el sorbete.

—¿Hablan durante la noche al menos?

—Nos sentamos uno al lado del otro… —Lucio sorbe el jugo y se atraganta—, con la tele prendida —dice casi sin voz—. La puta… perdón —se tapa la boca mientras tose.

—No pasa nada. Seguí. —El mate cocido ya corre por su interior llevando calor a todas partes.

—Ah, sí —tose por última vez, seca una lágrima del ojo izquierdo—. Básicamente, la vida en la Tierra es supervivencia. Fue así cuando éramos una célula, fue así mientras éramos cavernícolas, sigue siendo así hoy. Sin problemas no sabríamos qué hacer. Lo veo en mi viejo desde que se jubiló… el tiempo libre es como cualquier cosa: en exceso hace mal.

—¿Pero no tiene problemas tu viejo?

Lucio hace una pausa, mira al otro con el sorbete en la boca, pero sin sorber.

—Parecés un boludo mirando así —se ríe Andrés.

Lucio deja el sorbete.

—Me cagaste… —asume—; sí, tiene problemas, pero no les da bola. Bueno, es un mal ejemplo.

—Te entiendo igual.

—Ya fue, un mal ejemplo puede arruinar toda la idea. No sé, anoche tenía más sentido en mi cabeza. Pasaron las dos Terminator en la tele; las dos primeras, no sé cuántas son ahora. Lo que digo es que la gente se crea problemas hasta donde no hay porque, inconscientemente, no entendemos cómo andar sin ellos.

—No sé lo que es vivir sin problemas.

—Considerate afortunado —alisa los nylon de los sorbetes y los deja por ahí.

—¡Ja!

—Pensá que las sociedades donde tienen todos los problemas resueltos no son más felices.

—¿De dónde sacás eso?

—Leo.

—No sé cómo dejaste la escuela vos.

—Para trabajar —se agacha y vuelve a meter el brazo en la mochila—. Bah, ya sabés.

—Sí, ya sé.

—En fin, eso quiero decir: todo ser vivo es una maquinita de resolver problemas para sobrevivir. Sin problemas, no hay supervivencia.

Andrés se queda en silencio. El último acercamiento a la taza es fallido: no hay nada más ahí. Mira a Lucio como quien captó todas las palabras, lo que a veces se confunde con haber comprendido.

—Como el problema del agua —dice, o más bien se le escapa.

—Como el problema del agua —repite Lucio, siente que ambos se entienden. No es así, pero hay conversaciones que sobreviven a estos desfasajes.

—Pero no puedo decir eso en la feria.

—No podés decir eso en ningún lado.

La mesa ahora divide dos munditos; en cada uno, quien lo habita piensa que el otro está hablando de lo mismo que él. Andrés recrea una imagen que lo acompaña en este tipo de conversaciones: él sentadito en medio de su mente, que es un salón vacío de techos altos, tratando de cazar ideas como moscas mudas que revolotean y se le escapan.

—¿Vos decís que el problema viene bien?

—Digo que nos mantiene vivos.

—¿Y hay que intentar resolverlo?

—Claro, para sobrevivir.

Andrés mira las dos cajitas de jugo abolladas mientras Lucio consume la tercera.

—Pero si lo resolvemos, nos quedamos sin problema para sobrevivir.

—Sí. Mmm… —Lucio saluda con un movimiento de cejas a la madre de Andrés, que prefiere quedarse en la entrada de la cocina, observando a los chicos—. Es una paradoja.

—Bueno, hay más problemas —enfatiza Andrés, envalentonado por la seguidilla de afirmaciones bien recibidas.

—Sí, en el caso del barrio, hay para rato.

—Sobreviviremos.

—Es una forma de decir.

—Es lo que estás diciendo desde hace diez minutos —dice Andrés, triunfal.

Lucio lo mira despacio, como controlando la velocidad de la mirada.

—Quiero decir que no esperaba llegar a nada; es sólo una idea, no sé si hay conclusión.

—Ahá…

Andrés se levanta y deja la taza en la mesada.

—¿La vas a lavar? —dice la madre sonriendo. Andrés da media vuelta de golpe.

—Má, ¿qué hacés? Casi se me para el corazón…

—Estoy acá desde hace un rato.

—Cuando Andrés piensa fuerte, no siente nada alrededor —se ríe Lucio.

—Me cambio y voy para la escuela.

—Yo arranco para el taller —aclara Lucio.

—Aguantame y salgo con vos. Carla debe estar en la esquina.

El sol los recibe con luz débil. Caminan en silencio a paso lento, al ritmo de la mañana en el barrio.




—Me gusta la tercera opción: “Sin agua no hay vida”.

—Muy bien, Bianca. ¿Y cómo argumentás la elección? —Ana, ya sin guardapolvo y sentada en la ronda con los chicos de segundo ciclo (entre nueve y once años), modera la discusión. Los debates sostienen a la escuela, quizás más que sus paredes perpendiculares.

—Es algo que yo quiero decir. —La voz finita transmite una dulzura inesperada en una discusión para definir enunciados de protesta.

—Está inventando, seño —dice una voz de fastidio.

—¿Por qué está inventando? Y me llamo “Ana”, no “seño” —responde con voz tranquila—. No, Bianca: dejalo que responda.

—Porque… —Pero los ojos del chico están en el suelo y ahí no hay respuestas.

—Hay que tener cuidado con lo que decimos de les demás —Ana lleva la vista de un lado a otro de la ronda—; quienes estén de acuerdo con Bianca, levanten la mano. —Cuenta cinco manos en alto—. Elijan una bandera y las pinturas que quieran: les toca la tercera frase.

La armonía en el aula se deshace en una descarga de efusividad. Con los seis encargados del cartel, el curso entero desarma la ronda, se forman grupitos de dos en dos y las voces se mezclan en un coro difuso de anécdotas instantáneas. Las palabras fluyen como si la pausa imprevista hubiera abierto la perilla de un gas que, a presión, esperaba para salir. Ana contempla el caos. Sin perder un instante, se acerca a uno de los nodos solitarios y se suma al colectivo.

—¿Soñaste algo anoche, Cami?

—Soñé con una nube bajando desde el cielo que se transformaba en dos personas que mi primo Hernán que no lo veo hace un montón de tiempo las filmaba y una se acercó a mí y dijo una cosa señalando al cielo, me quería llevar a una reunión en el espacio y me invitaba porque yo soy buena pero le dije que mi mamá no me dejaba y ella me dijo que era una reunión muy importante, que mi mamá iba a estar contenta, y la cara de la extraterrestre se transformó en la pastora de la Iglesia adonde íbamos de chiquitas con mi papá y a mi mamá no le gustaba pero íbamos igual porque mi papá nos obligaba. A mí me gustaba y yo no decía nada para no molestar a mi mamá pero quería ir a los campamentos que hacían para los más chiquitos pero nunca me llevaron porque tenían que firmar los dos papás y mi mamá nunca firmaba aunque mi papá le insistía y yo no decía nada para que no se peleen…

—¿Y usted que soñó, señorita… digo Ana?

—No soñé anoche.

—¿Y para qué duerme entonces, seño?

Y Cami levanta las manos y se muerde el labio de abajo y la mira como diciendo usted no entiende nada. Ana sopesa el planteo simple de una chica de nueve años, y al asociarlo con la edad lo coloca en un estante interior con etiqueta errada; Camila sólo espera una respuesta para seguir charlando.

—Seño… digo Ana —la voz rezongona las interrumpe—, ¡Tomás ya empezó!

—Ustedes saben que ése es el aporte que puede hacer Tomás. Ya lo hablamos.

—Pero señoo… —Las oes se extienden empujadas por la decepción. Los chicos manejan la diversidad como pueden.

—Me llamo Ana. —El tono significa punto final—. Nos volvemos a sentar y seguimos el debate. Estamos encargados de las banderas para toda la marcha y tenemos que terminarlas antes de la feria. Los que ya eligieron la frase pueden empezar a pintar.

Tomás tiene veintidós años. En este momento —usando la expresión usual— “está en su mundo”, que es la parte superior de la “A”. Se pueden contar más de veinte pinceladas que marcan y remarcan el ángulo superior de la letra que es una flecha apuntando hacia arriba. Tomás participó del inicio del debate, pero en seguida se puso a jugar y, sin que nadie lo viera, tomó una tela arpillera y la pintura verde. El verde, ahora, rodea los ojos, la frente ancha y ensucia el pantalón azul. Tal vez en un rato consiga escribir “AGUA”, tal vez logre entender el objetivo de la marcha del día siguiente, la necesidad de agua potable en el barrio. Por lo pronto, la concentración es todo presente, y lo es con una facilidad que provocaría la envidia de más de uno en búsqueda espiritual.




La asamblea de la semana anterior había definido que los chicos de primer y segundo ciclo de primaria participarían en la marcha. Los profes de la escuela y algunos padres habían debatido durante horas para llegar a un acuerdo que esta vez no fue tal: la definición había sido por voto de la mayoría, procedimiento usual cuando llegaban las ocho de la noche y no se había alcanzado unanimidad. Terminada la votación, el grupo se alineó con lo decidido; de esta manera la escuela funciona como cuerpo.

La voz de Gabriel, profesor de secundaria, había cobrado mayor relevancia en las discusiones desde principio de año. Su posición había sido determinante:

—Para les pibes de este barrio, aprender a protestar es tan importante como aprender a leer. O a sumar y restar. Mal que nos pese, es así. Este año nos propusimos el tema del agua: lo estamos trabajando estructuralmente en secundaria y se ve también en primaria. Podemos entender esta marcha como parte de la currícula. Es un pedido urgente para el barrio y formación en acción para quienes participen: si hay una necesidad grande, se protesta.

Dados nota y tono iniciales, la asamblea navega por escenarios posibles:

—Todos sabemos de la necesidad de agua potable en el barrio, pero les niñes tienen derecho a jugar, no a protestar. ¿No les estamos exponiendo a demasiada presión? Una marcha es territorio de lucha —habla una voz de manos inquietas.

—Tienen derecho a la par-ti-ci-pa-ción —deletrea Gabriel—, a ser consultados sobre las situaciones que les afectan. ¿Qué puede afectarles más que esto?

—¿Pero se les consultó realmente? —interviene Ana.

—Es que no saben de lo que hablamos.

—Eso es una suposición.

—Sí, parto de una suposición, ¿quién no? Un pibe, una piba de ocho años no tienen noción de lo que es una marcha, y tampoco vieron una canilla con agua potable en su vida. ¿Cómo les consultaríamos?

—Podemos al menos preguntarles a quienes están acá.

Los chicos de secundaria están invitados a las asambleas. Varios responden a la convocatoria, pero al rato se alejan de la ronda de adultos, se reúnen en grupitos o juegan a la pelota. De todas maneras, con su presencia las asambleas toman otro color; el eco transforma el patio en una combinación de murmullos y rebotes, una resonancia acogedora que humaniza las reuniones y ayuda a no perder de vista a los verdaderos actores de los temas en debate.

—Carla, Andrés, ¿pueden venir? —llama Ana, alzando la voz y dirigiéndose a un grupo de chicos.

Gabriel mira para otro lado, como queriendo perderse esa parte de la vida. Los chicos se acercan sin mostrar entusiasmo. Ven venir el “¿Ustedes qué piensan?”, la expectativa de los grandes, las miradas, la presión. Luego el “No pasa nada, los escuchamos” ante su silencio, ese “no pasa nada” que es una frase muy rara para los chicos: siempre pasa algo.

—Carla, Andrés, ¿ustedes qué piensan respecto a que primaria participe de la marcha de la semana que viene?

—Ehh…

Carla vuelve la vista a Andrés. Sabe que él espera que ella responda primero; es lo usual en su dinámica. Alguna vez estuvieron juntos, pero su relación actual se basa en liderar el curso. Los grandes, a sus espaldas, los llaman “líderes positivos”. Carla escuchó ese comentario una vez y, el mismo día, se puso tres aritos más —ceja, nariz, ceja—, sin revelar a nadie la razón. El reclamo entre dientes es para Andrés:

—Hablá vos que está mi vieja —mueve los ojos y las cejas hacia la ronda de la asamblea, tratando de señalar.

—Eh —empezó Andrés—, yo creo que… si fuera chico no querría saber nada con una marcha.

Todos escuchan atentos. Esperan que continúe y él lo sabe.

—Preferiría quedarme en la plaza. A lo mejor si… —se le ocurre una idea; no cree que sea útil, pero la necesidad de llenar el espacio le hace expresarla—: a lo mejor si intervenimos los juegos de la plaza para que “digan algo” —dibuja las comillas en el aire— respecto a la problemática, entonces pueden estar jugando mientras el resto marchamos.

Carla sonríe. Las ideas de Andrés, en general, le parecen muy buenas.

—Gracias —interrumpe Gabriel mirando a Ana—. Creo que está bien lo que dicen, pero no tenemos tiempo para intervenir la plaza. —Vuelve la vista a los chicos—: ¿Cuán grave te parece el tema del agua, Andrés?

—Gravedad total. Prioridad uno. Alerta roja.

Alguno detrás de él se ríe.

—¿No te parece que tenemos que hacer todo lo que esté a nuestro alcance para resolver esto?

—Sí, eso sí.

—Queremos que les pibes se involucren desde chiques, queremos que la marcha sea lo más numerosa posible. ¿No te parece razonable?

—Mhm —asiente Andrés, que ya no resiste más el cuestionario.

—¿Ustedes no cuidarían a les más chiques durante toda la marcha, sin sacarles los ojos de encima?

—Si vienen, seguro. Vamos a estar ahí.

—Gracias.

Los chicos vuelven a su grupo en el patio, apenas cruzando la vista entre sí. Se sienten relajados. Habían estado conversando sobre la feria de concientización para los vecinos del barrio —la marcha buscaría gritar hacia afuera; la feria, sugerir hacia adentro—, pero por un rato se dedicarán a revisar los celulares en silencio, con los oídos tratando de captar palabras de la discusión de la asamblea.

—Sigo pensando que sería un golpe bajo usar a les pibes en la marcha. —El tono de Ana es de sentencia.

—¿Y qué problema hay? Con todos los golpes que recibimos acá, ¿por qué no podemos dar uno nosotres?

—Porque estaríamos usando a personitas como medio para un fin.

—Es política: a veces es así y lo sabemos.

—Coincido con Gabriel: no podemos preguntar a los chicos —habla Irma, la secretaria—, les chiques, quiero decir, porque no saben qué les estamos preguntando. Puede ser una primera experiencia: que participen al inicio, y después los liberamos y que se vayan a jugar a la plaza.

—Eso nos haría perder fuerzas en la marcha —dice alguien más—: se necesitarían cinco o seis personas que acompañen y que, por ende, no estarían protestando.

—Sí, perdemos fuerzas, pero se gana en una experiencia educativa para ellos… elles. Cada opción tiene su contra —responde Irma.

—Creo que no preguntarles es no permitirles que se expresen. Y no permitirles que se expresen va en contra de todo lo que nos planteamos en la escuela: les pibes tienen voz, son dueñes de su aprendizaje y sus decisiones.

—¿Pero cómo les explicamos todas las aristas que estamos discutiendo? No es sólo “¿les gustaría marchar o no?”; es un poco más complejo que eso.

—¿Encontramos algo en la currícula actual que justifique una marcha como parte del ciclo lectivo? A lo mejor, eso nos ayuda a decidir —toma la palabra un preceptor.

—Para secundaria, no tenemos dudas: entra en currícula de Historia, porque vemos la historicidad de la problemática; en Geografía, la parte social, el impacto de la protesta, de la apropiación del espacio público. Hace tiempo que esta asamblea acordó que poner el cuerpo es la mejor forma de aprendizaje. Para primaria, es complicado. Séptimo grado, no tengo dudas: el curso mismo expresa sus ganas de participar.

—Estoy de acuerdo con lo que se proponga —plantea Ana—, pero sigo pensando que para primer y segundo ciclo, hasta once años, la problemática es ajena. No entiendo qué se llevarían. Y son momentos fuertes, pueden dejar marca.

—Es cierto que no podemos dejar de pensar qué va a generar en quienes participen. Cuando exponemos a nuevas experiencias, tenemos que anticiparnos a las repercusiones. Deberíamos prever un espacio de diálogo después de la marcha para que saquen afuera lo que les produjo. —La psicopedagoga habla poco, pero cuando lo hace, la escucha del resto es atenta—. ¿Podríamos hacer una representación de la marcha puertas adentro, en el patio?

—Podríamos proyectar unos videos demsostrativos… pero no podemos dejar de lado que las marchas tienen su costado violento: el pedido de justicia viene de la necesidad, de la angustia y muchas veces del odio. ¿Podemos garantizar la protección adecuada para pibes tan chiques?

—Recordemos que vamos a marchar por las calles del barrio, sólo hasta la Carrasco.

—En la avenida puede llegar la policía.

—¿Por qué vendría la policía hasta acá? Lo único que hacen en el barrio es transar con los kiosquitos.

—No podemos asumir que no van a aparecer.

—Podríamos volvernos con les pibes antes de llegar a Carrasco.

—Para eso que no salgan del radio de dos cuadras de la escuela.

—Para eso que ni vengan.

—¿Si se suman solamente quienes vengan con su madre, padre o tutor?

Algunos padres asienten. Gabriel se pasa la mano por la cara; en realidad la asamblea entera —de tener manos y cara— haría lo mismo. Asamblea es conflicto, y conflicto elegido.

—Es necesario pensar un poco en la efectividad de la marcha —Gabriel busca recuperar el tono sereno—. Comprendo... comprendemos la necesidad de proteger a les pibes, los riesgos que asumimos, la dificultad de preguntarles, siendo que siempre intentamos que tomen sus propias decisiones —hace una pausa para, de forma gradual, acelerar el discurso, aumentar la intensidad—. Pero no olvidemos por lo que estamos pasando: el barrio no tiene agua potable. No perdamos de vista esto. Si podemos dar un paso fuerte en dirección a resolver este problema, que es de cada vecine y por ende de cada pibe, ¿cómo frenarnos? Si esto sigue igual en unos años, ¿no nos reclamarían elles mismes que no les hayamos dejado participar? ¿No nos dirían: “profes, hoy no tenemos agua, por qué no estamos luchando por esto desde siempre”?

La voz de Gabriel resuena en el patio callado. El eco es todo suyo. Los chicos, conquistados por un tono que da seguridad, se acercan a paso lento, la necesidad de líderes fuertes reflejada en sus caras de ojos abiertos.




—Son grises. Matices y matices de grises…

—Estar cómoda transitando los grises, quién pudiera.

—¿Comodidad? ¿Por qué traés esa palabra?

—Es la brújula para tomar decisiones de todo el mundo. Es lo que guía.

—Las decisiones cómodas mantienen las cosas como están. Cuestionar las cosas es incómodo.

—Yo no quiero que les pibes participen en la marcha, me incomoda. La incomodidad me hace temblar, es como un peso acá en medio del pecho.

—Ya sé, yo también lo siento.

—Tengo como taponeada la intuición con tanto gris para andar.

—La incomodidad constante no te deja entender lo que te pide el cuerpo, ¿no?

—Gana la cabeza.

—Tu cuerpo quiere escapar, salir de esta situación, pero te quedás.

—Por momentos ni sé lo que siento.

—Tu cuerpo pide salir. La cabeza dice “te quedás”.

—Pero si gana la cabeza, si gana el concepto frío, ¿dónde queda el sentir en la lucha?

Mientras ve a los chicos pintar las banderas, Ana se pregunta si será la única que mantiene conversaciones con sí misma dentro de su cabeza, situando a dos personas imaginarias en dos lados enfrentados de una mesa cuadrada. A veces una golpea la mesa con el puño, lo que genera un ruido fuerte a madera pesada y vajilla entrechocándose, aun si en el cuadro la mesa está vacía. En general, las dos personas se contradicen o pierden el hilo.

—Señorita… Ana…

La voz finita la saca del ensueño. Nunca le convenció que los chicos la llamen por su nombre, lo siente forzado; “seño” es más cariñoso, cercano. Las primeras asambleas, tres años atrás, definieron el cambio de rumbo pedagógico: las clases pasaron a ser talleres; los profes, a ser tutores. Se planteó la necesidad de borrar viejos roles, de poder reconocer a chicos y adultos como pares que emprenden una búsqueda juntos.

—Tomás se durmió sobre la bandera recién pintada —dice la voz.

Ana se acerca. Sabe que Tomás, al despertar, va a pensar que ella es su mamá. Hoy no se siente preparada para eso. Tampoco puede decir cuánto afecta la confusión al propio Tomás. Mira la cabeza del chico, tirada hacia adelante, cara apoyada sobre la tela arpillera recién pintada. Las manos son un enchastre. El pincel descansa sobre el pantalón.

Suena el timbre del recreo. Tomás no se despierta; se mueve apenas por el ruido, la cabeza ahora ladeada hacia el hombro izquierdo. Nadie sale: la concentración en la pintura y en las frases de protesta retiene a los chicos en el salón.

—Ana.

La voz de Gabriel se oye desde la puerta. Ella le hace una seña, le da a entender que necesita ayuda con Tomás. El gesto afirmativo la tranquiliza.

—Me toca cuidar el patio —dice cuando Gabriel se acerca, y sale del aula.




El pasillo de secundaria se llena de tap taps apenas perceptibles durante el recreo. Los golpecitos sobre las pantallas táctiles.

—¡¿Que Lucio dijo qué?!

Carla se dirige a Andrés, lo que se reconoce por el tema de conversación, pero no por la mirada, que va y viene con las fotos de alguna red social. De hecho, el cuadro observado a la distancia hace indistinguibles los flujos de conversación: entre diez y quince chicos con la mirada hacia abajo mientras las palabras flotan a la deriva entre interlocutores que decodifican por palabras clave.

—Que tener problemas está bien, básicamente.

—No entiendo.

—Que sin problemas no sobrevivimos. No sé, te lo transmito como puedo.

—¿Qué dice quién? —La voz sin alarma de alguien en la ronda palpa en la oscuridad para interpretar si hablan con ella.

—¡Ja! Tengo problemas para sobrevivir decile.

—Exacto —confirma Andrés.

Carla levanta la vista, como golpeada por un shock eléctrico.

—Eso dijo él —dice Andrés, como disculpándose con la mirada—. Yo no tengo nada que ver, no sé por qué te enojás conmigo.

—¿Cómo “exacto”?

—Que tenemos problemas para sobrevivir. Sin problemas, no sobrevivimos.

—Me estás mareando.

—¿Qué te pasó ahí? —Andrés desvía la atención a otra cosa, para no caer en la red generada por sus ganas de decir algo inteligente.

—Nah… —Carla esconde la mano, pero la necesita para escribir un mensaje—. Nada, me quemé con la pava —baja la voz—: mi vieja no volvió anoche. Tuve que hacer el desayuno para les cinco; hice lo más rápido que pude.

Andrés nota a dos o tres en la ronda mirando de reojo a Carla. El colapso familiar capta más atención que cualquier red social. Andrés lanza gestos de mejor no te metás con la cabeza, intentado que Carla no se dé cuenta.

—Dejá, ya fue —dice ella—. Vamos al patio.

La humedad en las baldosas pone en riesgo cualquier caminata.

—No paran de caerme arañitas en el pelo —dice Carla.

—Será suerte.

—¿Mala o buena?

Andrés se ríe.

—Está del italiano.

—¿Tu vieja? —Andrés se para en seco. Resbala pero se sostiene de Carla.

—Sí, mi vieja. La conchuda de mi vieja.

—Pero el italiano…

—Sí, las fotos que se están viralizando —Carla agita el celular frente a la cara de Andrés— son de mi vieja.

Andrés mueve los ojos de un lado a otro, buscando esquivar cualquier mirada directa, preparando un “no, ni idea” mentalmente, como respuesta a la potencial pregunta de si había visto las imágenes.

—No sabe qué más hacer por plata, Andrés. Y yo no sé qué carajo hacer porque no trae la plata a mi casa, ¿entendés? Tengo cuatro hermanes, ¿me entendés?

—Sí.

—¿De dónde saco para darles de comer?

—Sí.

Andrés responde a media voz. Quiere agarrar el celular, buscar el video y las fotos que recibió, borrarlos de la memoria.

—Preguntale a Lucio si se puede sobrevivir con tantos problemas.




Nara come sus galletitas y todo el recreo es eso para ella. Ana la mira desde lejos. La forma en que la chica investiga el interior del paquete, el modo en que toma el trofeo y lo tiene en el aire unos segundos mientras termina con la galletita anterior, para luego morder la nueva levantando las cejas, abriendo grande los ojos, resulta una ceremonia digna de contemplación. El patio es un barullo ajeno a lo que sucede en el rinconcito de Nara. Entre tanto movimiento, nadie ve a Tiago acercarse hasta ella, ni puede prever el manotazo con el que arrebata el paquete, generando el grito y llanto instantáneo de Nara. Tiago está mudo, quieto, no atina a sacar nada del paquete: es como un ladrón congelado al activarse la alarma de la casa. Ana da un paso hacia ellos, pero decide volver atrás y alertar a uno de los preceptores; conoce a Nara, pero no sabe cómo reaccionaría Tiago si ella interviene. La secuencia que sigue es imprevista: Nacho toma a Tiago de la mano, firme pero sin enojo, lo lleva a un costado y lo abraza. Lo separa de sí y lo contiene de los brazos un momento, como comprimiéndolo. Tiago se queda parado, lo mira y responde en media lengua. Con una mano algo sucia, se limpia las lágrimas que son mezcla de rabia, de angustia y hambre.

—Vamos, hombre, pedile perdón. Y una galletita nada más.

Tiago ya sabe. Sabe todo respecto a perdón, penitencia, hacer mal. Pero necesitaba esa caricia, y sabía cómo conseguirla. Se acerca a Nara caminando despacio, brazos extendidos con fuerza hacia abajo para evitar malentendidos. Los pares de ojos se conectan, Tiago devuelve el paquete. Y, antes de que el chico diga nada, Nara le extiende una galletita con una mirada tranquila.




El timbre detiene el andar de los juegos, baja el volumen de las conversaciones en el patio. Los hombros caídos inician la procesión a las aulas. Hoy, sin embargo, el murmullo en seguida vuelve a crecer. Se oyen indicaciones, risas, algún grito: los chicos de secundaria sacan tablones a la calle, comienzan a armar la feria de concientización para los vecinos del barrio.

—¡Ojo la humedad, que resbala! —La voz de Leo retumba por el hall de entrada.

Los eventos organizados por los chicos son hitos dentro del año escolar. Verlos salir a la calle, preparar folletos, carteles, la seriedad en cada decisión, cómo se hablan entre ellos. Utilizan mecanismos de organización que aprenden de los grandes, les ponen su sello propio —asambleas que denominan “las gran gran”, votaciones a urna cerrada— y minimizan las intervenciones externas. Para los profes, que se hacen a un lado y actúan sólo cuando se los consulta, es oportunidad de observar la expresión genuina del proceso educativo que llevan adelante, si bien —aclara la profe de Física, apelando a algún principio cuántico— “toda observación afecta el hecho observado”.

Los chicos se acomodan tras las mesas, repasan notas en voz alta, hablan con personas imaginarias que llegan a la feria. Dos cargan con cuidado el modelo en madera, alambres y cartón de una pequeña torre, un tanque de agua y un conjunto de caños, que decorará el centro de la puesta. Discuten con gritos contenidos, a media voz:

—¡El caño no conectaba acá, Rolo!

—¡¿Cómo no va a conectar ahí?! Mirá el dibujo.

—¡Eso lo modificaste vos! Si lo ubicás tan arriba, la presión del agua va a ser bajísima.

—Si el caño está tan abajo se va a llenar de sedimentos, ¿no te acordás? —Hace una pausa dramática—. ¡Este pibe no se acuerda nada de lo que discutimos! —dice, mirada al cielo, la mano libre golpeando su propia frente, expresión copiada de una película o novela de la tele.




Caballetes alineados. Carla pega el papel verde que envuelve el último tablón. La madera astillada raspa los dedos, lleva palabras ofuscadas a la boca. El apuro genera movimientos toscos y rápidos: tira el rollo de cinta, no lo ve rodar ni caer al suelo, da media vuelta y camina hasta la esquina con un puño cerrado y la otra mano completamente abierta, dedos tiesos que quieren escapar del centro. Sus pasos aciertan en cada baldosa, salpicadas como están en el intento de vereda, aun si la vista está distraída en pensamientos. Dobla la esquina, no mira atrás, sabe que nadie le presta atención. Se apoya en un alambrado. Los dedos se independizan, comienzan a enredarse en el alambre. La lengua juega con el piercing, todo el cuerpo en estado de alerta. Saca el celular del bolsillo; no tiene crédito y el wi fi de la escuela no llega hasta ahí. Recorre mensajes viejos sin detenerse en ninguno.

Andrés carga una caja con folletos. Desestima el largo de los escalones de entrada: el talón apoya mal y pierde el equilibrio. La caja cae y genera un desparramo de hojas sueltas. Andrés se estabiliza sin tocar el suelo. La zapatilla derecha se abre en el costado cosido y re-cosido.

—La puta madre —hace un ademán con la mano dirigido a nadie, dirigido al tiempo y a la vida— Fue.

Baja la vista. Los folletos se enfundan en el polvo de la calle.

—¿Alguien me ayuda, por favor?

Entre tres o cuatro reubican los folletos en la caja, pero no parecen caber ahí; el desorden ocupa más volumen. Andrés patea la caja.

—Fue.

Agarra unos afiches y empieza a acomodarlos en las paredes. Es difícil pegar la cinta sobre el revoque que asoma entre la pintura descascarada.

—Creo que no van a durar mucho —dice, tira la cinta al suelo—. ¿Algo más va a salir mal?

—¿Acomodamos los folletos en las mesas? Tendríamos que sostenerlos con algo para que no se vuelen —le preguntan.

—Ajá —responde distraído.

El “líder positivo” es menos líder sin su compañera. ¿Dónde está Carla? Recuerda los mensajes que leyó en el celular de ella, sin querer. O un poco queriendo. Eran de la piba que sale con ella, decían algo sobre un tipo más grande que la seguía. Andrés leyó “el Curva” y se preocupó, pero no dijo nada. Mira una vez más a ambos lados de la calle y vuelve a subir los escalones con cuidado.




A estas horas de la mañana, ya cerca al mediodía, la plaza está llena de zombis. Muchos adolescentes y jóvenes del barrio recién amanecen: una estrategia para esquivar el desayuno que no existe en casa. Alguna vez fueron a la escuela; la mayoría dejó después de repetir. La luna y el sol conviven a una cuadra de distancia, entre la institución y los des-institucionalizados, los libres sin opciones. Los chicos que se acomodan tras las mesas de la feria dudan si levantar la mano para el saludo, o poner a la plaza en un punto ciego, correr la mirada y hacer de cuenta que no existe. Los profes lo debatieron, pero no hay un “mejor modo” para manejar la situación hoy: todo el recorrido curricular es una inmersión progresiva en la realidad del barrio, sus problemáticas y posibilidades de cambio. En este sentido, ignorar a los chicos que están en la plaza se podría interpretar como una contradicción. ¿Se puede hablar del problema del agua cuando tantos, a una cuadra, existen en una inercia fantasmal? Por un rato, sí —afirman los profes— y no fomentan el encuentro. El programa de Biología, con acompañamiento de varios adultos, incluye una salida al mes a la plaza, para que los chicos dialoguen entre sí, se descubran unos a otros, sin intervención de una voz adulta que “baje línea”. La apuesta a una formación en la autonomía tiene su componente de heroísmo.

De espaldas a lo que sucede en la escuela, la atención de Emilio está enfocada en la factura de crema que se mueve siguiendo la trayectoria errática de la mano de otro.

—Según cómo encarás la factura con crema —dice el de la mano en movimiento— es cómo encarás la vida: podés arrancar por el borde, todo el borde, y dejar la parte con crema para el final; podés atacar la parte con crema primero, lo que te deja una factura bastante secota para después, o —el énfasis en la “o” es contundente, y se repite— o… vas comiendo la factura en orden, como viene, de adelante para atrás, mordiendo crema y no-crema al mismo tiempo.

Emilio encuentra pistas sobre la vida del otro, en el simple hecho de que no le había ofrecido ni media factura de la bolsa. Y tiene seis. Emilio no le quiere pedir una y escuchar que las guardaba para el bajón de la tarde.

—Eso deja afuera la pregunta esencial —agrega alguien más, perdido entre el humo del porro, a modo de revelación—: ¿por qué no hay facturas completamente cubiertas de crema? ¿Por qué mierda la crema está en una sola parte de la factura?

—¿Por qué no hay facturas todas cubiertas de crema, arriba, abajo y a los costados? —reafirma un tercero—. Es verdad, man.

El primero, con voz de mando, como quien sabe que tiene que quedarse con la última palabra para sostener la dinámica de la banda, elabora la conclusión:

—¿Por qué no vender la crema por separado, en bolsitas sólo de crema? ¡Y el boludo que quiera masa, que compre masa sola! —Alza una mano y espera el choque de alguno de los otros.

Emilio dejó de escuchar luego de la primera exposición. Respira y resopla sin que los otros lo perciban. No quiere estar ahí, y no quiere estar en su casa. Sabe de la feria por su hermano, Tomás, y tampoco quiere aparecer y reencontrarse con sus ex-compañeros. Con las manos en los bolsillos, mira al piso, ve un vaso de plástico abollado y se agacha. Lo hace porque no tiene nada más que hacer. Ve algunas gotas sobre el plaśtico translúcido, rastros secos de alguna gaseosa anaranjada. Le llama la atención la rugosidad en el medio del vaso; acerca un dedo, pasa la uña y escucha el rac rac.

—Poder volar, hermano, qué flash.

—Más que volar, imaginate esto, escuchá lo que te digo —sigue otra voz que articula con cuidado las palabras—: ves… a alguien… volar. Imaginate: vas andando por ahí en la tuya, saludás a un tipo y, de la nada, empieza a subir y se va volando.

—Pff…

—No, no, escuchame: lo ves volar y te quedás ahí, mirando para arriba. Y el tipo se va, se vaa… Imaginate qué sentirías, ahí pegado al piso, mientras el flaco se aleja por el aire. ¡Te cambia todo, man!

—Pasame el tuyo, hermano; el mío no pega así.

El vaso es suave en la mayor parte de su superficie, rugoso en el medio y pincha en los extremos donde fue aplastado. Emilio se pregunta si, de estar drogado, encontraría más cosas ahí. Levanta el vaso, envuelve la mitad superior con su mano izquierda, la mitad inferior con la derecha y, lentamente, aplica más y más fuerza, lo retuerce, lo reduce, lo quiere llevar a la nada, todo el odio concentrado en un plástico que ni siquiera hace un poco de ruido al destrozarse.




—Cada día me convenzo más de que necesitamos agrandar el comedor de la escuela —dijo Ana para llenar el primer silencio después del saludo.

—Estoy de acuerdo: es necesario. ¿Cómo organizarías los turnos si cocináramos para más personas? Hoy apenas si damos abasto para les pibes.

El encuentro imprevisto entre Ana y Gabriel durante las vacaciones se dio en un bar de la ciudad al que ninguno de los dos había ido antes. A medida que la charla avanzaba, ambos dejaron de lado el celular, y con él algunas conversaciones abiertas, potenciales encuentros en ese océano de relaciones que propone la noche.

—No estoy segura. Pero la gente tiene hambre. No me banco el “hasta acá llegamos”.

—Está bien, pero por cómo está la situación, para cocinar más tendríamos que enseñar menos.

Durante el año, los profes se turnan cada día para tener libre la última hora de clases y poder dedicarla a la cocina, que está al mando de Doña Dola, casi una matriarca del barrio. Así, cada pibe que lo necesita se lleva su vianda a casa para el almuerzo. Son varios los profes que conversan entre pasillos respecto a extender esta asistencia a otros vecinos. Las resoluciones de la asamblea no los dejan tranquilos. Saben que sería enorme el esfuerzo para instalar un comedor más grande y atender a más gente, pero aun así insisten.

—Entiendo que prioricemos la educación frente a las demás necesidades del barrio. Formar pibes es una apuesta a futuro. Pero, ¿cómo ponderar el futuro por sobre el presente? ¿Cuándo llega ese futuro?

—No estoy de acuerdo con esa dicotomía: les pibes son el presente, la parte del presente con la que podemos trabajar. No son el futuro, nadie es el futuro. Todes somos presente.

—Está bien, pero les pibes tienen una prioridad tan alta que no llegamos nunca al resto del presente.

—Es que somos una escuela, Ana. Nos toca definir prioridades y ése es el primer criterio: somos una escuela.

—¿Por qué no reevaluamos los criterios hablando con la gente? Juntes. ¿Por qué no abrir la asamblea a todo el barrio para estas definiciones?

—Creo que no tenemos respuesta para las inquietudes que surjan de un diálogo tan abierto con el barrio. No podemos dejar de ser una escuela de un momento para el otro.

—La escuela puede cambiar sus objetivos: ya lo hemos hecho. Podemos torcer un poco más la currícula, redefinir nuestras responsabilidades.

—Ya nos estamos moviendo bastante al margen del ministerio. Estar en los márgenes está bien, salirse de la hoja es otra cosa. No estoy de acuerdo.

—Creo que podríamos. No entiendo por qué cerramos la puerta a esa posibilidad. La gente tiene otras necesidades. Esas necesidades influyen en sus hijes, en todes les pibes del barrio. No podemos ocuparnos sólo de quienes vienen a la escuela como si fueran casos aislados de su entorno.

—Desde ya que no. Y nos abrimos constantemente al barrio: la escuela no está encerrada y lo sabemos. Pero hay un límite respecto a los cambios que podemos hacer en la institución.

La discusión continuó toda la noche y los siguió hasta la casa de Ana.

—Cuando entro y salgo del barrio, saludo a la gente. Pero si mi saludo es cosmético, si no está comprometido con cada une a quien le sonrío, ¿es un saludo realmente? ¿O es una actuación? No puedo saludar a esta gente y olvidarme de por lo que están pasando.

—Pero, Ana: hay un alcance para lo que podemos hacer. Si vos sentís eso, puede ser una inquietud personal que te lleve a salir de la institución escuela. Laburar en una escuela quiere decir que querés educar. Problematizamos todo el tiempo qué significa educar, cuál es nuestra responsabilidad desde ahí. Pero responder al hambre del barrio escapa a nuestros objetivos.

El silencio se prolongó un instante. Gabriel notó las lágrimas en la cara de Ana. Se acercó y la besó. Los cuerpos ya no volvieron a discutir.

Quien decide dejarse atravesar por una realidad social marginal de manera que lo convierta y redefina, se enfrenta en su entorno a una problemática inesperada: la soledad, la alienación de quien lucha. El lenguaje común que une a amigos, familiares, compañeros, se pierde. Las nuevas palabras aturden a quienes permanecen des-atravesados, y con el tiempo también el silencio los incomoda. Porque quien lucha prefiere, muchas veces, dejar de hablar, aun si no puede controlar los efectos de esa decisión. En ese contexto, encontrarse con alguien que comparta el idioma es un oasis.

Ana y Gabriel se vieron durante el verano, pero llegado marzo decidieron que era mejor cortar la relación. Los dos coincidían en que no estaban en un “momento” como para construir algo serio; tal vez si alguien les hubiera pedido que describieran el momento adecuado, ninguno hubiera sabido qué decir. Hoy Gabriel no puede determinar si la intensidad al tomar la palabra en las asambleas se debe a la búsqueda de justicia social o a tratar de que ella lo note, y Ana no sabe si sus desacuerdos son ideológicos o intercambios que necesita para que Gabriel no la pierda de vista. Se ha escrito mucho sobre el embotamiento de las emociones, sobre cómo se apilan y recombinan en espacios que requieren poner todo el cuerpo. Aun así, se hace misterio al andar.




—El agua se potabiliza y distribuye en las ciudades desde hace más de doscientos años. Estamos en 2019 y hay partes de la ciudad adonde no llega más agua sucia. Las necesidades básicas de los ciudadanos son prioridad del… ¿del Estado o del gobierno, Manu?

—Es lo mismo. Creo.

Las primeras oleadas de vecinos son pequeñas y espaciadas, pero ponen en plena actividad a la feria.

—Los barrios periféricos sufren la postergación por estar, justamente, en la periferia. ¿Cuál es la palabra? —La chica chequea una hoja—: Anexados. Como estos barrios se anexan tardíamente a la ciudad, el municipio demora en atenderlos. O, lo que es peor, reniega de hacerlo. Digo “atenderlos”, pero quiero decir “atendernos”.

—¿De quién es la responsabilidad? En Geografía lo discutimos: el barrio no se crea por un plan de gobierno, el asentamiento es emergente, crece con el ritmo de los movimientos internos de la población: familias que vienen del centro de la ciudad porque pierden su casa, personas que emigran desde otras partes del país. ¿En qué momento el Estado se ocupa de esta parte de la población que aparece de repente?

—Este barrio tiene más de veinte años y una población estable en los últimos cinco. ¿No es hora de que alguien se haga cargo? La ciudad, la provincia, el país.

La ambigüedad en el tono de los chicos da un colorido particular a la feria: quieren demostrar que saben su parte, que hicieron bien la tarea. Se olvidan por un momento de lo categórico de sus afirmaciones. Entienden la gravedad de la situación —por eso su compromiso con la feria—, pero es difícil para cualquiera escapar de la alienación que surge del sentirse evaluado por los mayores, donde aprenderse las líneas es aplaudido y premiado.

—Las consecuencias de no tener acceso a agua potable son contundentes. Las estadísticas de la ONU y otras entidades muestran cómo aumenta la mortalidad infantil —el chico señala cifras en un afiche—, el número de enfermedades graves y la falta de higiene. Las organizaciones mundiales de la salud insisten en que hay que hidratarse con dos litros de agua por día. ¿Cómo hacerlo en un lugar donde no podemos tomar lo que sale de la canilla?

El tono se hace más sentido a medida que se avanza por las mesas y son los chicos más grandes quienes toman la palabra.

—Este año, el proyecto para todos los cursos de secundaria es desarrollar un tanque potabilizador. Suena grande, pero avanzamos paso a paso. Seguimos el modelo que vieron en la mesa central: la idea para fin de año es contar con instalaciones básicas para alimentar a la escuela en un cincuenta por ciento de sus canillas. Si el proyecto sale bien, lo queremos replicar en otras partes del barrio.

—En Química, estudiamos el proceso para pasar de un volumen de agua contaminada a otro de agua potable. En Taller, trabajamos en la construcción de la estructura y el tanque, desde los planos hasta la fabricación de las partes. Con la profe de Historia analizamos el recorrido de las políticas sociales en el país, tratando de entender por qué estamos en territorio relegado por los gobiernos.

—En Lengua subimos el contenido a un blog, para que más gente se informe y puedan repetir lo que hacemos. Si logramos juntar fondos, queremos programar un viaje a Chaco para llevar este conocimiento a otros lugares sin agua.

Los vecinos pasan por las mesas captando poco de los datos y mucho del sentido de urgencia. Toman folletos, sacan fotos, asienten. Uno de los profes, desde la vereda de enfrente, señala a cada uno, cuenta con el dedo.

—Vinieron muchos, lo que es buena y mala señal a la vez —comenta.

—Sí, si están acá es porque hoy no tienen laburo.

—Supongo que seremos muchos en la marcha también.

Fernando, un viejo profesor de la escuela, hoy jubilado, es el único que conversa y hace preguntas a los chicos al pasar por la feria.

—¿Presentaron estos reclamos al Concejo municipal?

—Con el profesor de Ética enviamos cartas y un proyecto a distintas oficinas de concejales. No recibimos respuestas. Nos llegaron cartas formales de agradecimiento, pero nada más.

—¿Creés que después de la marcha les van a prestar más atención?

—¡Esperemos que sí!

—¿Cuál es el reclamo específico de mañana?

Las conversaciones con Fernando pueden extenderse: sabe cómo encarar a los más comprometidos y jugar el juego de preguntas claras y escucha atenta. Varios dicen que es capaz de sacar lo mejor de los pibes, si bien algunos profes sienten recelo por él desde que se jubiló y tomó la costumbre de andar por el barrio, de casa en casa, sin acercarse a la escuela.

En el extremo final de la última mesa, un grupo de chicos se acerca con termos y una bandeja llena de vasitos plásticos.

—¿Quiere un café? —invitan a cada vecino que pasa por la feria.




Andrés chequea la hora en el celular, pasa la vista por las pilas de folletos que la gente todavía no se llevó. Todo parece estar en orden. Le gusta concentrarse en cosas prácticas, sentirse útil. En la escuela encuentra lugar para eso; la idea de terminar la secundaria es un fantasma en el que día a día evita pensar.

—¿Estamos bien? ¿Me perdí de algo? —Carla aparece de la nada.

—¿Dónde estabas? No te preocupes, no apareció el Curva.

Andrés erra el código de desbloqueo de su celular dos veces antes de poder ingresar.

—¿Eh?

Decir lo que se quiere decir pero simular que no se lo quiso decir.

—Que no te preocupes si algo te perturba —es la salida humilde de Andrés. Anecdótica e inútil.

—¿Qué decís del Curva, nene?

—Nada, es un chiste.

—¿Vos me estuviste leyendo los mensajes?

—¿Qué mensajes?

—Andrés…

—Sí, sé que soy transparente para vos. No me lo repitas.

—¿Entonces?

—Qué sé yo.

Andrés se agacha, ajusta el cordón de la zapatilla y la cinta que usó para sostener la suela en su lugar.

—Mirá: si me leíste los mensajes, mejor te lo guardás, ¿sí?

—Ya fue, piba, no tengo idea qué decían. Leí “el Curva” nomás.

—Sí, la está persiguiendo a Vane, ¿ok?

—No me tenés que contar nada, no quiero saber nada. Dejalo ahí.

Andrés lee algún mensaje que le había llegado. Presiona el ícono del micrófono y habla a la pantalla:

—No, no, eso no —y suelta el micrófono.

—¿No te enseñaron modales a vos?

—Ya fue, Carla.

—Vanesa quería ver la feria, pero está el sobrino del Curva. Le pedí que no viniera por si aparecía él. La fui a esperar a la vuelta y cayó igual hace un rato. Hablamos como media hora y la convencí para que rajara de acá.

—Ajá. —La cabeza de Andrés pasa por todas las posiciones posibles menos la de enfrentar la cara de su amiga.

—Morite, ¿sabés? Primero me leés los mensajes y ahora que te cuento, te hacés el boludo. Sos un idiota.

El tono lloroso de su amiga lo saca de la actuación. Agacha la cabeza.

—Perdón.

—Te cagaría a piñas. —Se seca lágrimas con la manga del buzo.

—No tendría que haber visto los mensajes, no me tenés que contar nada, disculpá. Mala mía.

—¡Pero ahora te quiero contar, ¿no entendés?!

El Curva no había aparecido a la vista de toda la escuela en su reconocida Ducati importada; no había respondido a la invitación del sobrino a pesar de su insistencia. Tampoco tenía intenciones de seguir a Vanesa, aun si ella tenía evidencia para creer lo contrario. El hecho de que el Curva estuviera al mando de la banda principal del barrio alimentaba la hipótesis.

Habían estado juntos una noche, meses atrás. La diferencia de edad los había atraído; hasta que no entraron a la casa de él, Vanesa no sabía con quién trataba. Cuando él la volvió a buscar unas semanas después, ella le explicó que no le interesaban los hombres, que estaba explorando su sexualidad, lo que generó el efecto contrario al esperado. El Curva la contactó un par de veces más para hablar; ella lo rechazó con buena onda hasta que recibió en su casa la novela de un escritor que parecía francés. Entonces se alarmó, metió el libro en un cajón y ahora sale a la calle con miedo. El Curva, de todas maneras, no planea acercarse sin el consentimiento de ella.

—¿Qué libro le mandó? —Andrés no puede creer este detalle.

—No tengo la menor idea. Vane no lo abrió ni lo saca del cajón.

—Dicen que el Curva lee muchísimo. Que tiene una biblioteca que va de pared a pared, del piso al techo.

—Es un hijo de puta, Andrés. La gente que anda con armas y manda a matar gente no lee nada.

—Es lo que dicen, yo qué sé. Prefiero ni preguntar.

—¡Vamos cerrando, chicos!

La voz de un profe interrumpe la escena. Los dos se aprontan a levantar un tablón, reciben el aplauso inesperado de profes y vecinos con una sonrisa, y siguen la fila que desarma la feria a paso lento.




—Los echaron de la obra… —se oye decir a la distancia.

—Vienen para la feria…

—Quieren algo con la marcha…

Las voces lejanas se echan una sobre la otra generando un murmullo de estampida que se aproxima. Dos chicos de tercero llegan corriendo, levantando polvo como si escaparan del demonio. O estuvieran jugando a los piques.

—Les dimos los folletos… —empieza uno, habla según dispone de aliento.

—No les gustaron —sigue el otro, respira exigido y se dobla en dos—; vienen para acá.

—Es Márquez —la profe que los acompañaba llega caminando ligero; habla con serenidad pero la cara dice otra cosa—. Acaba de llegar con otros tipos gritando que los echaron de la obra.

Tablón en mano, Carla y Andrés dan media vuelta. Varios chicos salen de la escuela, algunos se quedan en los escalones para tener mejor vista de lo que está por suceder. Diez personas se acercan, caminando a paso firme. Visten de fajina: zapatos de seguridad gastados, camisas a medio abrir. Ignorando recepcionistas de pulserita amarilla o cualquier indicio que diga feria, se detienen en medio de la calle. Convocados por el revuelo, los vecinos cierran la ronda improvisada que tiene como centro la mirada de Márquez.

—Queremos hablar con alguien a cargo —dice.

—Nosotros estamos a cargo —dice Andrés, secundado por sus compañeros de quinto. Quiere dar un paso adelante cuando nota lo ridículo de tomar la palabra mientras sostiene un tablón. Lo apoya en el piso, casi lo deja caer; Carla larga un ay bruto a media voz.

—Mirá, pibe —el tono es conciliador, aunque la cara dice otra cosa—: nos acabamos de quedar sin laburo y queremos hablar sobre la marcha de mañana. Con un mayor.

—Dejá, Andrés —Gabriel da un paso adelante—. ¿Qué pasa, Márquez?

—Acá estamos: somos diez compañeros en representación de cuarenta. Nos largaron de la obra. —Da un paso adelante y se acerca a la cara de Gabriel, para hablarle por lo bajo—: ¿Podemos ir a hablar adentro?

—Somos todos vecinos acá. Está bien que escuchemos —responde Gabriel.

—Vos no sos de acá —Márquez apunta con el dedo al corazón de Gabriel.

—¡Bah, Márquez! —grita otro vecino—. ¡Cortá la boludez!

—¡Turco, no jodás!

—Hablá, Márquez. ¿Qué pasa con la marcha? —devuelve el Turco.

—Bueno, voy a ser claro: queremos marchar mañana —hace una pausa, introduce un suspenso artificial—, reclamando lo que es nuestro: ¡Que nos devuelvan el laburo, carajo!

Los diez obreros levantan el puño, afirman, verbalizan un sí sin coordinación, lo que resulta en varios sí muy suaves.

—Nos acaban de largar sin previo aviso, sin cumplir las normas del convenio de trabajo… ¡pensando nada más que en su bolsillo, carajo!

—La marcha es por otra cosa, Márquez —el Turco ensaya un tono pasivo-agresivo que sorprende.

—La marcha es nuestra, Turco —devuelve Márquez con sorna.

El silencio acentúa el monólogo interior de más de uno que no encuentra las palabras o el valor para saltar al abismo de la exposición. Quienes tendrían algo para decir redescubren sus límites, se guardan para sí mismos la certeza de la propia incapacidad de hablar. Quizás más tarde analicen cómo una secuencia tan improbable de acontecimientos, causadas por un hombre que nada tiene que ver con ellos y a quien nadie llamó, los volvió a enfrentar a sus miedos. Transcurre un segundo eterno. Ana pone a andar el tiempo otra vez:

—Pueden hacer el reclamo directo a la Municipalidad. La marcha está organizada con les pibes y sale desde la escuela. No podemos confundir los reclamos: estamos hablando del problema del agua, que es lo suficientemente grave como para que todes nos levantemos por la causa. Súmense con nosotres, pero no nos cambien las banderas.

—¿Qué le pasa que habla así, profe? —Márquez mira a Ana a los ojos, luego se dirige a la ronda—: ya convocamos a los compañeros de otros barrios que están en la misma situación. La noticia llegó al sindicato, lo que va a aumentar la convocatoria. ¡Esto es importante, mierda! ¡Qué agua ni qué carajo…! ¡En poco tiempo me quedo sin un mango para poner un plato de comida sobre la mesa! ¡No solamente yo: mis compañeros también! ¡¿Y entonces qué, mierda?!

—Mirá, Márquez —habla otro vecino—: no apareciste en tu puta vida en una asamblea y ahora querés cambiar lo que decidimos.

—¡Qué asamblea ni qué mierda! ¿Cuándo querés que vaya a la asamblea si estoy laburando todos los días hasta las diez de la noche?

—¡Emborrachándote en el bar querrás decir! —grita alguien desde atrás.

—¿Por qué no mandás a alguno de tus hijos, Márquez, que se quedan en la plaza paveando hasta la medianoche todos los días?

Márquez está rodeado y lo superan en número, pero encontrarse así alimenta su seguridad: es el centro y desde ahí controla la situación.

—¿Ustedes qué se piensan? —habla lento y claro—: ¿Que vine a debatir? ¡Les vine a avisar nomás, carajo: vamos a marchar y se acabó! Va a haber dos banderas mañana. Vienen el sindicato, la tele y todos los chiches. ¿Qué más quieren?

—Mirá, Márquez —uno de los vecinos se había acercado hasta tenerlo a centímetros suyo—: hace una semana que no me sale una changa, van dos días que no como más que pan…

—¿Pan? Eso es lujo, Espinosa.

—…pero esto es cosa de los chicos. Lo vienen preparando desde hace tiempo y vos venís y les pisoteás todo.

—¿Pero qué me decís “los chicos”? ¿Qué es esto: una clase especial o una protesta como la gente? ¿Estamos jugando a los soldaditos o vamos a luchar de verdad?

—Márquez —Gabriel toma la palabra—: vamos a encontrar la mejor manera de conciliar los dos reclamos. —Se oyen los qué dice, por qué decide por todos. Gabriel prefiere no mirar alrededor—. Si hay algo que no queremos, es dividir a los vecinos.

Algunas de quinto se inquietan en la ronda, como queriendo decir algo.

—Chicas, paren —el tono de Gabriel envuelve la escena—: a veces las cosas cambian a último momento. No podemos dejar de escuchar las voces del barrio por la sola razón de haber hecho otros planes: eso sería una contradicción. ¿La realidad nos desordena o nosotros nos preparamos para una irrealidad ordenada? Los actores somos nosotros, pero nuestras acciones pueden cambiar cuando el barrio lo pide.

El silencio preludia el estallido de las voces, que se enroscan entre caballetes, troncos, ramas y cualquier poste que encuentran por ahí.

—Asamblea extraordinaria después de levantar la feria —dice Gabriel a los profes que tiene más cerca, y se mueve hacia la escuela. Cada uno correrá la voz.




Lorena estornuda. Jura que movió la cabeza a tiempo para evitar la olla.

—No vi nada, no vi nada —dice Irma sin escandalizarse, y sigue trozando la carne recién hervida—. Menos mal que Fernando trajo otro pollo, si no esto iba a ser arroz con arroz nomás.

Lorena revuelve. Doña Dola revuelve. Se miran sin verse, ceños fruncidos, las dos tratando de descifrar qué pasa afuera. Desde la cocina, el barrio es ecos de motores, retazos de gritos, algún estallido que mejor no preguntar qué lo causó. Los murmullos de la feria se apagaron de repente, tras un aplauso extendido, y apenas si puede distinguirse la discusión.

—Es Márquez —sentencia la mayor. Lorena asiente; no conoce el apellido—. Sea lo que sea, no es bueno.

Doña Dola exhala despacio, cierra apenas los ojos. Con ojos cerrados, la cocina es sólo golpes de metal contra metal.

—Si contás segundos, capaz que llegás a cien sin que pase nada en el barrio. Todo lo otro que cuentes no llegás ni a diez. —Termina la frase y sigue moviendo los labios, a ritmo constante.

De repente, no se oye nada. Es decir, el silencio previo, que no era tal sino un acostumbrarse al ruido de fondo del lugar, se apaga.

—Las hornallas —dice Irma.

—Veinte —dice Dola, en tono de yo les dije.

—Se terminó el gas. Hay que cambiar la garrafa.

—Ay, Diosito… hoy entregamos arroz frío me parece.

—¿Al menos está listo el arroz? —pregunta Irma.

Como respuesta se oye una gotera a lo lejos, y la repiración entrecortada de Lorena.

Como respuesta se oyen un portazo a lo lejos, y la repiración entrecortada de Lorena.

—Pero qué pasa, m’hija, está llorando —la entonación de Dola es algo intermedio entre la afirmación y la pregunta, como si se borronearan los signos de puntuación en el aire—. M’hija, le entró la Nana Llorona a usté’.

La cara de Lorena no lloraba: las lágrimas caían como por su cuenta. Ella miraba a Dola y a Irma de forma inquisidora, dando a entender que no estaba en control de lo que le pasaba.

—Guarde el pollo antes de que se pudra, Doña Irma —el tono es de certeza; Dola mueve la olla a la mesada y la tapa con un movimiento rápido—: la Nana se comió el gas y ahora va por la comida.

Irma está acostumbrada a escuchar mitos del barrio, pero no se acostumbra a escucharlos. Algo así como que puede recibirlos sin sorpresa o cuestionamiento, pero no está preparada para incorporarlos, para actuar en consecuencia. Por ende, se congela en el lugar y no hace nada.

—Irma, no me va a decir que la agarró a usté’ también —afirma-pregunta Dola—. No no, la Nana va de a uno. Venga, muevasé. —Abre el freezer, que inunda el lugar con su vibración arrugada—: Empiece a meter el pollo acá o quiere que se le pudra.

Irma hace lo que puede con movimientos toscos. Doña Dola se mueve con agilidad de matrona a cargo, se acerca a Lorena y tapa la otra olla.

—Doña Irma, va a tener que llamar al Leo y al Nacho para que la ayuden. Yo me voy a llevar a la gurisa al rancho. En diez minutos la Nana va a estar lejos y van a poder seguir.

Irma toma nota mental y se pregunta si podrá convocar a los preceptores sin dar mucho detalle de lo que pasó.

—A ver, m’hijita —Dola toma a Lorena de los brazos, la mira directo a los ojos, como si la pinchara con la vista—; ahí la veo a la Nana allá adentro. No pasa nada, va a estar todo bien, m’hija —le acaricia el pelo pero con descuido. El llanto sigue su curso mientras salen del lugar.




«La asamblea no sirvió para nada».

Ana camina a paso rápido hacia la avenida, el apuro propulsado por la bronca. No puede determinar con precisión a qué se debe esa sensación —es como una bola de pasta informe llena de hendiduras—, pero la asume y la lleva consigo, entre el pecho y los brazos cruzados. Entiende que, a menos de veinticuatro horas de la marcha, no tienen mucha alternativa para lidiar con la prepotencia de Márquez y —quién lo hubiera dicho un par de horas antes— con el sindicato de obreros de la construcción. Su intento de usarlo como excusa para sacar a los pibes de primaria del medio no llegó a ninguna parte. Ana rebalsa de indignación y todo su ser pide que se acelere el tiempo, que llegue el día después de la marcha y las cosas vuelvan a curso normal. «¿Por qué tienen que pasar tantas cosas a la vez?», se pregunta.

—Si ya nos la jugamos todos los días por el barrio, si la marcha es un esfuerzo más para cambiar las cosas —dice en voz alta para ella misma, acompaña con los dedos la enumeración—: ¿de dónde salen estas complicaciones? ¿Para qué? ¿Hay un porqué?

Tal vez por eso las periferias son tan difíciles de empujar hacia el centro: son tantos y tan diversos los actores que la habitan, que la sumatoria de fuerzas resulta en direcciones trastornadas. Si es ésta una respuesta posible —o, más que respuesta, un bosquejo borroso para seguir elaborando—, Ana no la logra construir. Saca el celular de la cartera, camina y lee los mensajes que llegaron en la última hora. Nada significativo. “Todos en otra”, hubiera dicho años atrás. Ya no piensa así. Abre una conversación y presiona el ícono del micrófono para grabar:

—Edu, ¿cómo estás? Yo acá ando. La mañana empezó bien, terminó mal, quiero llegar a casa y esconderme un rato. —Mira a ambos lados antes de cruzar la avenida; el audio se prolonga con un silencio—. Estoy volviendo del barrio. ¿Vos a qué hora salís del trabajo? ¿Nos vemos a la noche? Perdón si me descargo con vos. Pasa que la feria iba perfecto, les pibes felices, hasta que apareció un tipo del barrio y tiró todo a la basura. Bah, no sé, capaz que exagero. Después lo charlamos, te mando un beso. Espero verte hoy.

El sonido —un tin corto y agudo— confirma que el audio se grabó. El círculo en continuo movimiento alrededor de una cruz indica que aún no se envía, por falta de señal. Ana llega a la esquina, espera el colectivo, espera que salga el mensaje, que las cosas se arreglen, que el cuerpo diga está bien, para eso estamos acá.




Para buena parte de los chicos del barrio, al contrario de lo que sucede en otros lugares, volver a casa después de la escuela no representa una gran alegría; no es exhalación sino resoplido. Son pocos los que pueden participar de las clases de apoyo de la tarde en la biblioteca, proyecto que inició Fernando años atrás, aunque ya no participa de la actividad: diez chicos rotan día a día según su rendimiento escolar. Cualquiera podría acercarse a leer en la sala de lectura, pero éste no es el plan ideal para casi nadie en la secundaria. Por lo tanto, los espera una tarde fuera del ala de la escuela, en la que no podrán escapar de la situación en casa, de sí mismos, de la vida en el barrio.

Muchos cargan “la vianda de Doña Dola”. Los profes optan por que los chicos coman en sus casas, en lo posible en familia, antes que disponer mesas en el patio, como se hacía en el pasado. Los chicos no fueron consultados en este punto: no sólo preferirían comer con sus amigos, sino que algunos tendrán que enfrentarse con el cuadro en el cual la bandejita que traen es todo lo que hay para comer en casa.

Tomás camina con la bolsa de nylon torcida. La sostiene de una sola asa y la comida se apila sobre un costado de la bandeja. El film transparente que la envuelve hace todo el trabajo para sostener las cosas en su lugar. Tomás llega a la plaza, como todos los días, para encontrarse con su hermano menor, sin haber preguntado si aquel lo espera con ganas o resignación; Emilio tampoco sabría bien qué responder en tal caso. Lo recibe sin decir mucho. Sus amigos lo dejan con Tomás, les dan “su espacio”; apenas si se animan a decir mucho, mostrando un respeto inesperado para un grupo que basa su relación con el mundo en puro escupir bardo a quien se les cruce, como dirían algunos.

Tomás recuenta lo que hizo durante la mañana. Habla a un volumen demasiado alto, como si su hermano estuviera a media cuadra, que es la distancia a la que a Emilio le gustaría estar. No de Tomás, sino de la gente en general.

—Hice la “A” —dice Tomás, muestra la pintura en las palma de la mano, dedos y partes de la ropa con orgullo; no sabe que la frente es toda verde también—. Es pa'a la marcha mariana. Vos vení' a la marcha conmío.

Tomás tiene veintidós años, pero por sus capacidades está en sexto grado. Emilio tiene dieciocho, y por sus capacidades repitió cuarto año y ya no va a la escuela, aunque en su caso es más una cuestión de falta de esfuerzo y motivación, causa y consecuencia intercambiables.

—Me va ayudá' con il cartel vos.

Emilio dice sí y sí.

—Vamo' a se' muchos, muchos en la marcha. Bianca… Guido… Ana —Tomás hace el conteo meticulosamente, moviendo la cabeza y sumando un dedo con cada nombre—, Gabriel… Adrés

—Mhm.

—I'ma… Nacho… La seño de jardín… El profe de jardín…

El conteo podía extenderse un buen rato.

—¿Queré' comida? —Tomás levanta la bolsa al terminar la enumeración.

—No, no, está bien. Ya comí —miente Emilio.

—Me voy a senta'hí ese banco a comer —dice Tomás. Lo señala todos los días. Emilio se pregunta si para su hermano cada día es independiente del anterior, o si la repetición es producto de una autoestima muy baja (“a nadie le importa lo que hago, entonces nadie se acuerda qué hice ayer”). Luego vendrá la pregunta sobre papá: “¿Papá está en casa?”. “Sí”. “¿Está con Lorena?”. Y las respuestas no cambian, como las cosas en casa no cambian desde hace años, cuando la mamá de los tres hermanos, la esposa de Raúl, dejó todo y se fue.




El amor que sentía Raúl por la madre de sus hijos rayaba la locura. Con ella se había sentido querido como nunca antes en la vida. Viviana lo miraba con un cariño que no podía tener otro origen que el de querer querer a alguien de esa manera. Eso no significaba que ambos pensaran la vida de la misma forma, que no hubiera encontronazos de vez en vez. Tenían un único acuerdo: no podían discutir frente a los chicos. Quién pudiera saber si mostrarse sin faltas frente a los hijos favorece la crianza, pero para ellos dos —como para muchos dos— era cosa de sentido común. Fue así como ninguno de los hijos varones, seguiditos los tres con distancia de dos años entre sí —representación de una geometría familiar que de forma intuitiva Viviana le había propuesto a Raúl—, ninguno entendió cómo su mamá, de un día para el otro, desapareció de la casa. El cuarto varón en el lugar, Raúl, tampoco lo había entendido por completo.

—Raúl, estoy enferma —escuchó un día, los dos encerrados en el lavaderito que habían construido con cuatro chapas atrás de la casa—. Y me voy a ir.

Raúl no dijo nada. Mientras la conversación avanzaba, las manos hicieron el trabajo expresivo. Se movieron de la chapa al lavarropas viejo; de ahí a la propia cara, a la canilla, al borde de la pileta, al bolsillo del pantalón: dibujaban en el aire la incapacidad de aceptar lo oído.

—Me voy a morir —siguió ella—, y no quiero que nadie en esta casa pase por eso.

—¿Qué decís, Viviana? —El único recurso: espantarse.

—No se ve, Raúl, pero tengo el mismo cáncer que tenía mamá. No hay nada que hacer.

Raúl la agarró de los hombros, puso el peso de sí sobre ella. No quería hacerle daño, más bien sostenerla con fuerza, que nada se moviera de donde estaba.

—¿Cómo decís eso, Viviana? ¿Qué estás diciendo?

—No me la hagas más difícil, Raúl. —Y eso se dice cuando la impotencia lleva a proyectar en el otro, o en cualquier cosa, lo que no se sabe comunicar, ni enfrentar, ni nada.

Existen discusiones que suelen ser más bien intercambios de afirmaciones, de sentencias toscas sostenidas por cordones deshilachados. No hay elaboración de argumentos, no hay intercambio de ideas constructivas o propuestas superadoras que emerjan del diálogo. Viviana, en ese momento, guardaba dos certezas: ella tenía que irse y los chicos no tenían que saber por qué. Y que Raúl tenía que entender. El único recurso con el que contaba, su única carta, era la de enunciar con fuerza y repetir y repetir, esperando que Raúl no le saliera con nada inesperado. Ella lo veía clarísimo y no concebía que Raúl lo viera de otra forma.

—No me la hagas más difícil, Raúl. Me tengo que ir, es en serio.

—No puede ser…

—Es.

—¿Adónde vas a estar?

—Nadie me va a ir a ver.

Raúl por no podía cuestionarla. Cualquier duda en su vida provenía de la desconfianza, algo que nunca había sentido hacia ella.

—No entiendo, Viviana.

—Yo tampoco.

—¿Qué voy a hacer sin vos?

—Salir adelante, Raúl.

—No lo puedo creer.

—No hay que creer, hay que hacer.

—¿Hacer qué?

—Seguir.

Y la última inspiración llegó sin que ella se lo propusiera: apoyó la mano sobre la de su esposo con suavidad, y agregó en un tono que parecía venir de otra parte:

—Dejame ir, Raúl.

El cuadro no desaparecería nunca de la memoria de él.




Los pies de Lorena descansan en el agua caliente mientras Doña Dola camina de un lado a otro de su casa, tomando ingredientes extraños y volcándolos en el fuentón. El olor a vinagre inunda el lugar.

Si estamos tristes, si andamos llorando en la Tierra, de verdad nuestro dolor pronto va a terminar. Si estamos tristes, si andamos llorando… —recita Dola mientras anda.

—¿Qué me pasa? —Lorena rompe su silencio con tono asustado. Las lágrimas continúan cayendo, dejan surco húmedo como río de deshielo.

Doña Dola se frena de golpe. Recuerda lo más importante en todo proceso de sanación: acompañar. Hablar y escuchar. «Ya me parezco a un médico», piensa. Pasa la mano por el lazo rojo que rodea el cuello del Gauchito, apostado en su altar de la sala, y se sienta cerca de Lorena.

—M'hija, mire: se le metió la Nana en el cuerpo.

—¿Qué es la Nana?

—Le explico lo que yo sé, ¿me entiende? Esto me lo dijo mi madre, y a ella su madre y así: la Nana Llorona se alimenta de la tristeza de los que andamo' en la Tierra. Anda por ahí llorando penas que nosotros nos guardamo' o no lloramos bien. —Dola puede ver que esta explicación no satisface—. Por eso anda mucho por estos barrios, ¿vio? Cuando rebalsa de miseria, se puede meté'n el cuerpo de alguien pa' llora'lo mejor. Esto no es por usté', m'hijita, no se asuste. E' por los que la rodean. ¿O le mostró algo la Nana?

Dola la mira fijo, y Lorena, como si hubiera estado esperando la pregunta, mueve la cabeza lento, de arriba a abajo.

—¿Qué viste? —Dola se pone de pie—. Espere, m'hija, que busco un cuaderno pa' anotar y le ponemo' la intención al Gaucho bueno.

La última parte de la frase se oye a la distancia, al igual que los pasos y los cajones que se abren y cierran, las puertas de algún mueble, los dónde está, San Antonio y el acá está, ya sabía yo.

—Yo sabía. A ver, cuentemé, m'hija. —Se vuelve a sentar, se acomoda unos anteojos chiquitos que apenas puede ubicar en la nariz algo sobreproporcionada— ¿Qué le hizo ver esta Nana?

Lorena respira profundo. Habla en tono tranquilo, lo que desentona con el llanto que no cede:

—Es Tomás.

—El nene de Raúl.

—Está acostado, pero no es su habitación. Las sábanas son blancas, las paredes también. Hay mucha luz. Tiene los ojos cerrados. Se escuchan ruidos de máquinas y hay movimiento de gente alrededor. Creo… creo que tiene unas vendas en el pecho, pero no se ven porque están abajo de las sábanas. Ay, Dola —la vuelve a mirar—, ¿le va a pasar algo?

Dola mueve la boca, gestualiza lo que escribe. Es decir, las palabras de Lorena se repiten tres veces en la sala.

—No sé, m'hija —desgaja la hoja del cuaderno—. Puede ser o no. La Nana a veces muestra cosas que significan otras.

—Es muy real, Dola. —La expresión de Lorena ahora sí es de llanto.

—Eso, m&'hija, lloreló. Llore todo. Usté' pasa mucho tiempo en la casa del Raúl y eso está bien, pero se llena de angustia vieja, ¿vio? En esa casa hay angustia de años.

Lorena asiente y lleva la vista al piso. Siente las lágrimas más suyas ahora. Dola se levanta, dobla la hoja en dos y la acomoda debajo de la estatua del Gauchito Gil.

—El Gaucho bueno se va a encargar, sea lo que sea, para bien de todos.

Se hace una señal de la cruz que termina con la mano en el pecho, la cabeza reclinada y un montón de palabras susurradas que nadie oye más que él.




La caja de libros se deposita frente a la biblioteca. Quien la entrega deja el lugar sin tocar la puerta. La donación anónima ya no sorprende a los profes, que descubren una nueva cada dos o tres meses al llegar los primeros chicos para las clases de apoyo.

Nacho intenta levantarla. Pide ayuda. Entre dos, la transportan hasta una mesa. Las palabras impresas en la caja hacen alusión a una carga frágil, a una posición correcta para ubicar la caja —una flecha define cuál es la base—, hablan de un fabricante, un lugar de origen y una invitación a reciclar el material que envolvió un contenido que está en otra parte. El milagro de otra de las “R”: la reutilización.

Chiques, nos vamos a entretener un rato catalogando libros.

No hay respuesta, aun si Leo refriega sus manos con deleite: los libros que llegan en estas cajas suelen superar en calidad a los de las estanterías de su casa. No son los típicos diccionarios y enciclopedias viejas que envían alguna persona o escuela que está haciendo limpieza, renovando sus colecciones o remplazándolas por un acceso digital distribuido en la institución. La entrega tampoco incluirá las enésimas copias del Martín Fierro o Don Quijote: aquí hay literatura de la que se habla menos, una selección criteriosa de pasado y presente editorial. Leo agradece ser socio de esta biblioteca.

—¿Quién manda los libros? —pregunta una de las chicas, hojeando una novela en cuadritos, con dibujos que parecen infantiles pero no lo son tanto.

La pregunta se ha repetido con cada caja que llega, pero nadie tiene qué responder. El único que podría decir algo es Fernando, pero anda poco por la biblioteca, y nunca en un día cercano a las entregas. De todas maneras, quién sabe si revelaría la verdad, o lo que cree que sucede.

Fernando es el único profe “sobreviviente” de la vieja escuelita de los sábados que apareció a finales de los noventa, con el barrio recién formándose. La escuelita precedió la inauguración de la escuela oficial, y convivió con ella hasta que los profes anónimos gradualmente dejaron de ocupar el espacio. Cuando un proceso se acaba de esta manera —“cumple su ciclo”—, algunos se tientan con la palabra “fracaso”. Pero son quienes fueron parte los que pueden hacer el diagnóstico, y hay que escapar a las conclusiones precipitadas. La escuelita vio pasar entre sus alumnos a muchos chicos, hoy adultos, que no llegaron a pisar la escuela oficial. Fernando se acuerda bien del Curva. “Me gusta más Lengua”, se le oía decir. En realidad, le dolía más la cabeza al pensar una multiplicación que cuando un profe leía un cuento. La tercera o cuarta vez que lo dijo, Lito tenía preparado un libro para él. Lo había elegido especialmente. El chico a quien más tarde apodarían “el Curva” no vio venir que la búsqueda literaria de aquel profe lo llevaría de la mano a los lugares más particulares que visitaría en su vida. Pensar. Sentir. Ser atravesado. Mirar las calles del barrio de una forma hoy, de otra mañana, tras leer El juguete rabioso, de Arlt, o El extranjero, de Camus. El chico resultó ser una esponja. Lito, ¿un irresponsable? ¿Qué significa guiar a alguien? El Curva creció haciéndose preguntas que no podía compartir con nadie, que lo alejaban de las personas en su entorno.

La biblioteca ocupa el lugar de la vieja escuelita, y es un bastión, un refugio para los profes, poco justificable en el contexto. El Curva, en secreto, la había transformado en su templo personal, un templo que no visitaba pero que adoraba en silencio a la distancia.

—¿Tenés Me llamo Rojo, de Pa… muk?

—Sí —responde el profe que oficia de bibliotecario de turno, mirando de reojo a quien lo pide, que lee el título en un papel que lleva en la mano—. Llegó el mes pasado, sos el primero que lo busca.

—Lo llevo. —Y muestra su carnet de la biblioteca, aun si nadie recuerda haber visto antes a esta persona en la biblioteca.




Los auriculares con sonido de alta definición que alguien le había regalado —un primo, tía, algún familiar que no quería escuchar que ella prefería las cosas sencillas, alguien que estaba convencido de que todos optan por el objeto de lujo si pueden elegir— la envuelven, la hacen desaparecer. Al menos una vez a la semana, Ana empuja mesa y sillas del comedor, mide el rectángulo libre en la habitación, cierra los ojos y baila. Intenta el ritual de olvidar, de pensar en nada. Brazos extendidos, vueltas en estilo libre, deja salir de sí la imagen del barrio, de los chicos en el barrio, de la tierra en las calles. Intenta olvidar que hay un afuera y un adentro, y que ella está en el lado más fácil. Su imaginario no puede construir otro concepto: está convencida de que el barrio necesita de otros para ser, que los vecinos no pueden con su vida a menos que alguien se acerque desde afuera. Se equivoca. En este mismo momento, hay vecinos que ríen, que se reúnen, que abren sus puertas y reciben amigos, parientes; uno cumple años, el otro consiguió un terreno para el taller. Hay pavas calentándose, chicos en la plaza inventando nombres para su nueva mascota; hay parejas de la mano, amores encerrados y un abrazo que anda por ahí. Hay una guitarra sonando. Es cierto: en el barrio la libertad está cercenada. La calma es opacada rápidamente por la necesidad. Ana no comprende aún que la realidad conjuga todas estas apreciaciones: el barrio no es reino de desesperanza, ni de esperanza, como sucede con cada porción de este mundo. Es difícil ecualizar todo esto interiormente, y no reducirlo en un “entonces todo está bien”. Dicen que hay sabios que lo logran: al resto, sólo nos queda chapotear en el agua.

Ana no oye el timbre —alguien pidiendo ropa—, tampoco siente las vibraciones del celular —Eduardo confirmando el encuentro, Gabriel pidiendo disculpas, Leo enviando las fotos de la última donación a la biblioteca—: Ana no está disponible por un rato.




La plaza es un remolino de gente yendo y viniendo a estas horas de la tarde. Las motos aturden la escena. Madres sentadas, chicos jugando en los juegos, pelotas levantando polvo con cada vuelo. Los grupos cerrados se esconden tras otro tipo de humareda en sectores implícitamente reservados para ellos.

Carla y Andrés se encuentran en una esquina y caminan hacia el taller donde trabaja Lucio. La conversación se deshace en conjeturas respecto a Márquez y la marcha del día siguiente. “Es un hijo de puta” se repite varias veces, o más bien cada dos o tres afirmaciones; la tranquilidad de coincidir a causa y contra el enemigo común. Es decir, no importa el monstruo o cualquier análisis al respecto —qué lo creó, qué genera, qué se puede hacer—: lo que se ansía es la coincidencia con otro y ahí descansar.

—¿Qué pasa que estás tanto con el celular? ¿De dónde sacaste crédito?

La expresión de Carla es de sorpresa, de cómo me viste, engañada por esa ilusión de creerse escondido cuando uno envía mensajes de texto a la vista de todos.

—Vane… —la atención en el celular entrecorta la expresión—, Vane me dio algo de plata. Y la estoy usando para tratar de conseguir más plata.

—¿Cómo es eso?

—Nada, dejémoslo ahí.

Carla levanta la cabeza del celular y lo guarda en el bolsillo, señal de que no hay por qué seguir discutiendo. Mira recto hacia adelante, evita la mirada de Andrés, enfatizando que, efectivamente, no hay nada de qué hablar. Andrés lo acepta, aun si no le gusta lo que escuchó.

Las motos alineadas como en exhibición de estropicios. Lucio se asoma desde detrás de una, la cara una mezcla de grasa, transpiración y polvo.

—¡Tomá, mierda! —golpea suave el caño de escape con la canilla—. ¡Vamos, carajo!

La colección de tuercas, tornillos y pequeñas herramientas engrasadas que tiene en la mano hacen juego con la cara. Las encierra en el puño, levanta hasta el oído y agita al ritmo de una cumbia que llega desde otra parte. El cuerpo acompaña.

—Cumbia del orto —dice en voz baja, dirigiéndose a nadie. Pero sonríe.

—¡Lucho!

Lucio levanta la mano libre, señala al cielo. De espaldas reconoce la voz de Andrés.

—¡Bienvenido a la gloria, viejo!

—Estás en tu salsa —le dice Andrés cuando se saludan.

—Dos días trabajando en esta zanellita. Gané.

La sonrisa es amplia y contagia a los recién llegados. Luego, el bostezo.

—Ahh… la puta —exhala.

—¿Cansado? —pregunta Carla.

—Como perro viejo. No se me pasa.

Lucio los guía al interior del taller, trapo en mano, limpiando o desparramando la grasa que lo enchastra. El Grúa los saluda con una mano. Ramírez, el jefe, no está a la vista. La canción de Charly García —Yendo de la cama al living— los recibe a medio andar. Lucio se apoya en el capó de un auto gris abollado.

—Eso es música, sí sí —agacha la cabeza en un gesto de atención reverente.

Cuando empieza Chipi Chipi, Carla y Andrés se miran. Vestigios del pasado todavía los sacuden, aun si levemente. Andrés dibuja una sonrisa nostálgica: la imagen de esa caminata juntos por las vías, auriculares compartidos, cielo y vida despejados, es de sus recuerdos preferidos.

—Ya lo saco —se apura a decir Lucio, dando un paso hacia el celular que está enchufado a los parlantes.

—¿Quién está en el cuartito?

Carla señala a la esquina, donde se levantan dos paredes de cemento desprolijo que se unen a las paredes altas del frente y el costado del taller, con ventana y puerta desvencijada que dan hacia adentro y un techo de chapa negra. Se ve la cabeza de alguien a través del vidrio.

—Laura —Lucio responde mientras selecciona la canción para continuar. Se decide por algo de Manal. El Grúa grita ¡ésaa! sin mirarlos. Hace lo mismo al inicio de cualquier tema—. La hija de Ramírez.

Carla abre la boca para agregar algo, pero se queda a mitad de camino.

—Mhm —asiente Lucio, cortito, con los ojos en Carla y moviendo apenas la cabeza.

Siguiendo con su elasticidad multitemática, Carla ladea la cabeza y acomoda su expresión de reproche:

—¿Así que está bueno que tenga la vida llena de problemas? ¿Qué onda, Lucho?

—¿Qué hiciste, amigo? —Lucio mira a Andrés, que levanta los hombros con una expresión inocente.

—Lo que pude.

Lucio se ríe.

—Nada, Carla, no importa. Es una pavada.

—Estoy podrida de los problemas, ¿entendés? ¿Tengo que estar contenta acaso?

—Yo no dije eso, Carla, ¿qué te pensás…?

—Que cuando quieren ustedes dos son unos imbéciles.

—¿…que yo no tengo problemas? —termina Lucio con la voz apagada, los ojos sorprendidos por el reclamo.

—Pará, Car —dice Andrés, manos en los bolsillos, la vista afuera del taller de portón abierto. El sol pega fuerte, mimetiza las piedritas con la tierra de la calle y acentúa la aridez del conjunto.

—¿Por qué no paran ustedes? ¿Cómo pueden estar hablando así con las cosas como están? ¿No ven que se cae todo a pedazos? —Cambia el tono una vez más—: Ay sí, re-lindo tener problemas, festejemos, bravo bravo.

Silencio. Ojos húmedos en Carla.

—Perdoná —ofrece Lucio.

La cara de Andrés va de la sorpresa a un gesto neutro en una décima de segundo, cuando entiende que puede generar más problemas si no se controla.

Carla le da la mano a Lucio.

—En serio, che, no hay mala intención. No sabés lo que es el insomnio, cómo te maquina la cabeza a la noche.

Carla da un pequeño salto y lo abraza. Lucio lo devuelve con cuidado, no quiere fastidiar a Andrés con demasiada expresión de afecto.

—¿Qué onda esas bolsas de escombros? —Andrés señala a la vereda, busca cambiar de tema otra vez—. Están ahí desde hace una banda.

—Problemas —se ríe Lucio, se ataja del golpe de Carla, que larga un idiota apenas perceptible—. Las llenamos hasta el tope y ahora no las podemos mover de ahí… ¡ni con una grúa! —levanta la voz para que se escuche desde el otro lado del taller.

—Problemas —se ríe Lucio, se ataja del golpe de Carla, que larga un idiota apenas perceptible—. Las llenamos hasta el tope y ahora no las podemos mover de ahí… ¡ni con una grúa! —levanta la voz para que se escuche desde el otro lado del taller.

—¿Por qué no te vas a cagar? —se oye desde abajo de un auto.

—¿Por qué no pasás los escombros a bolsas más chicas y las vas llevando al basural? —razona Andrés.

—Eu, pará… No es mala —La expresión de Lucio es de verdad revelada.

—Son más viajes, pero te sacás los escombros de encima.

—Me vas a tener que dar una mano.

Lucio pasa el brazo sobre los hombros del amigo, invitándolo a que lo siga, y camina hasta el portón. Carla, con la vista en el celular, los sigue.

—Aguantá que busco unas bolsas en el cuartito.

Da media vuelta, camina dos pasos y la explosión de los balazos le hace encoger apenas los hombros, los vidrios rotos le hacen cubrir la cabeza, el grito de Andrés le hace perder el equilibrio. El bramido de los caños de escape se mezcla con gritos agudos de festejo.

'reputamadre —vomita Lucio temblando.

—¡Lucho! ¡Lucho! —las voces se sienten lejanas.

Andrés se tira al suelo donde está Lucio caído boca abajo. Lucio no recuerda haber llegado hasta ahí. Carla está congelada dos pasos atrás, los ojos abiertos como si estuviera viendo a la muerte misma. No erra.

—Lucho, ¡¿estás bien?! La concha de su madre —Andrés siente los músculos tiesos del amigo cuando le agarra el brazo y lo sacude—. ¡La concha de tu madre, Lucio!

—¡No tiene sangre! —grita Carla con una voz que no es suya.

—Estoy bien, hermano —la voz es apenas audible—. Pasó cerca, la re puta madre. La re putísima madre que me parió, ¿quiénes eran?

—No los vimos. Tenían casco y las motos no son del barrio.

—La concha de mi vieja…

Lucio se levanta, lleva las manos a la cara, recibe el llanto imprevisto que salpica todo. Las piernas se le doblan en dos, Andrés lo quiere guiar hasta la pared del cuartito.

—Pará, pará, acá no que está lleno de vidrios.

La mole del Grúa entra en acción, como si antes hubiera desaparecido del lugar. Dice en el cuartito y abre la puerta con la agilidad de otra persona, de una persona en otro cuerpo. Entonces el aullido emerge de Carla como si buscara astillar los vidrios ya quebrados.

—¿Qué?

Andrés mueve la cabeza como un latigazo en dirección al cuarto y ve a Laura, la hija de Ramírez, caída en el piso, papeles desparramados alrededor, un brazo contorsionado de forma extraña, vertical hacia arriba, el lápiz todavía en equilibrio sostenido por la mano como garra.




Es usual encontrar a Fernando hablando con Doña Dola. Fernando de pie, manos en los bolsillos de la campera que usa sin importar el clima —campera color rojo gastado, mil bolsillos, velcro, doble cierre—, Doña Dola sentada en la puerta de su casa, mirada perdida en algún punto lejos, mano sobre el charango cubierto de polvo, apalgartas amarronadas, campera azul tejida por ella. Las conversaciones abordan temas del barrio, vecinos, necesidades de los últimos días. Nadie más escucha estos intercambios: la pequeña cofradía no es permeable a otras voces.

—El chico de Márquez, el Nahuel ése, se tomó muy mal que lo sacastes ayer de la pelea.

—Sí, Dola, ¿pero qué podía hacer? Tenía diez años el otro pibe.

—Sí, pero lo sacastes a la fuerza. Y usté' sabe que no puede forcejea'sí con un pibe. No sos la autoridá'cá.

—Fue un impulso.

—Como el d'él.

—Ni lo pensé —Fernando mueve los bolsillos mientras habla; es decir, las manos que están dentro de los bolsillos—. Tuve el reflejo de pararlo y punto.

—Yo le entiendo, Fernando, pero el chico no. Está tomando la pastilla esa que anda dando vuelta' entre los pibes de doce, trece año'. —Las pausas son largas entre frase y frase—. Una pastillita rosa, así chiquitita como aspireneta, o más chiquita. A usté' o a mí no le hacen nada, pero al pibe lo deja chingueado, lo pierde.

—¿Son cosas que mueve el Curva?

—No, no. Eso es lo raro —Dola se apoya sobre el apoyabrazos de la silla, se acerca a Fernando y baja la voz—: vienen del centro.

—Me parecía que no podía ser el Curva.

—Yo preferiría, ¿vio?, que fueran d'él. Algo se pone raro en el aire. Hay mucho tiro. Gente del centro metiéndose en el barrio no es cosa buena.

—¿Sabe quiénes son?

Dola niega con la cabeza.

—¿Y lo de Márquez padre esta mañana?

—Eso… Puro teatro, Fernando. A Márquez no lo echaron de ninguna obra. No entiendo qué es eso, le digo la verdad.

—Se metió gente del sindicato. Algo pasa.

—¿Pero cómo se enteraron de la marcha los del sindicato? ¿Y qué le' importa lo que pasa en este barrio perdido? ¿Por qué no nos dejan en paz, vio, si con esta poquita paz de pelearnos entre nosotro' ya nos basta?

—Los chicos de secundaria mandaron cartas a la municipalidad. Alguien se enteró. No sé qué querrán, es raro.

—No me parece raro. Ya'esta altura nada es raro, vio.

—Los políticos a veces mueven piezas porque sí, para sentir que están jugando. Voy a intentar hablar con Márquez.

—Yo no me metería, Fernando. Ni con el padre ni con el hijo, el Nahuel ése.

—Voy a entrar en puntas de pie, le voy a ofrecer otro trabajo. Dijo que lo echaron, así que me va a tener que seguir la conversación.

—Hay cosas más importantes que hacer.

—Ya sé, Dola. Paso rápido y después voy a lo de Chela. Quedamos en llevar al hijo al dispensario. No sé cómo la convenciste.

—Ya sé, Dola. Paso rápido y después voy a lo de Chela. Quedamos en llevar a Marcelito al dispensario. No sé cómo la convenciste.

Dola mira a la nada y mueve la cabeza de arriba a abajo, levanta el charango, cierra la conversación. Fernando espera los primeros acordes, tararea algo y, a paso lento, se aleja en dirección a la casa de los Márquez.




Gabriel observa el recorrido de la arañita sobre la mesa de plástico que es publicidad de una marca de cerveza. Es fácil deducir que los bichos de ese tamaño no detectan los cambios de color en la superficie; de ser esta araña, Gabriel piensa, se mantendría sobre el color blanco, evitaría pisar las superficies doradas o verdes que hacen al logo.

—Gabi.

—Peño.

Los amigos se saludan. La conversación avanza entre descripciones del trabajo en el barrio y otros temas, pero más que nada en lo primero..

—Están haciendo las cosas bien —sostiene Peño—: no califiques las decisiones tomadas; lo importante es la forma en que las están tomando. Centrate en eso en el análisis.

—Ya sé, ya sé. Pasan tantas cosas cada día que se hace difícil sostener una reflexión de la práctica. Las asambleas se ocupan cada vez más de cosas prácticas, la urgencia desborda, no tenemos espacios de estudio o discusiones más profundas.

—El viejo dicho de “lo urgente no deja tiempo para lo importante”.

Gabriel se detiene en la frase un momento:

—Es que acá lo urgente es lo importante.

—Entonces van bien —sigue Peño—, están haciendo bien. Hay momentos y momentos en el proceso: hay etapas donde hacés, hacés y hacés, otras donde hacés y pensás, otras donde se para todo y sólo pensás. Ninguna es mejor que la otra.

—No sé si lo veo.

La mirada externa puede ayudar a recuperar perspectiva. Pero uno tiene que saber tomar distancia, de lo contrario el análisis puede resultar tan inútil como poner una lupa demasiado cerca de la hoja: las letras apenas si se curvan por el lente y permanecen del mismo tamaño.

—Que no podés definir que una etapa sea mejor que otra: la realidad en la que trabajás define cuál es la forma de trabajo. Por ejemplo: madre y padre acaban de tener un bebé. Durante los primeros meses no van a tener mucho tiempo para reflexionar sobre lo que están haciendo: el cuidado del bebé presenta cosas nuevas cada día, cada minuto. Van a charlar, sí, un rato cada tanto. Y mal dormidos. Pero en el medio, la cantidad de decisiones a tomar mientras ella no está en casa, o él no está en casa son muchas. La cantidad de cosas que una no llega a contarle al otro, la cantidad de contradicciones que tienen al andar es grande. ¿Son malos padres? No, hay que sacar el “malos”. Son padres: eso es ser padres. Cualquiera que mire de afuera, o elles mismes de a ratos, pueden reflexionar y decir: no son o no somos buenos padres porque tal o cual cosa. Es decir, contrastan acciones y decisiones con una definición idealizada de madres o padres que no existe, que vive en el mundo de las ideas. No quiero rebatir que tenemos teorías que ayudan a tomar mejores decisiones; lo único que quiero rebatir es la forma de análisis del caso. Si alguien ve a la madre y al padre en los primeros meses y dice “qué carajo están haciendo” con ese modo categórico que tiene la gente para evaluar las cosas, esa persona se equivoca: no sabe ver que están siendo padres y punto, están dando lo mejor de sí, no hay tiempo para sentarse a evaluar, hay que seguir.

»Ésa es la manera de trabajar en el barrio. O en cualquier parte, pero en especial en un barrio. Como madres y padres, como una familia: si el barrio pide más acción, se acciona. Habrá tiempo para pensar en otro momento. No podés andar años y años sin diagnóstico y reflexión: es verdad. Pero si en el momento de accionar, parás a reflexionar, el bebé se come una piedra, se da contra la pared, se muere de frío porque vos te quedaste mirando el techo, pensando si estás haciendo bien, mal o más o menos. O si en verdad querías ser padre, que ése es otro tema. Vos querés trabajar ahí, ¿no?

—Obvio, Peño.

—Entonces no hay nada que cuestionar. En vez de reflexiones, a los bifes. Contame de la marcha de mañana y veo si te puedo hacer el contacto con el Canario.

Hay conversaciones que son sacudones.




Fernando es visto con malos ojos por algunos profes de la escuela, que no conciben su forma de moverse en el barrio. Desde que se jubiló, lo único que hace es pasar el día yendo de casa en casa, toma mate con los vecinos, conversa con Doña Dola, lleva y trae gente en el auto. Vive, un poco, en el barrio. Evita acercarse a la escuela, a los profes, que quieren articular acciones con él. No entienden que Fernando ya no quiere sentarse a pensar la realidad barrial: se ha hecho parte de ella.

La caseta de los Márquez está a dos cuadras de la escuela, donde el terreno de las vías impone un límite irregular al crecimiento del barrio. Fernando camina tarareando alguna canción de León Gieco, sonriendo a los vecinos que cruza al andar. No piensa cómo iniciará la conversación con el tal vez futuro sindicalista, más bien se distrae viendo a las chiquitas jugar: Nara y su hermana menor, Cielo, se detienen al verlo, corren hacia él y saltan. Se sientan una en el pie derecho, la otra en el izquierdo del viejo profesor, se abrazan a sus piernas. Los cuellos a noventa grados, las caras de felicidad muda, bocas abiertas mientras esperan la reacción del señor gigante.

—Caminá —exige Nara, con un tono de voz más finito de lo que el corazón puede soportar.

Feliz de conceder el deseo, Fernando levanta una pierna despacio, luego la otra. Esconde la mueca de esfuerzo con risas y decires.

—¡Qué grandes que están, chicas!

La caminata es lenta y la velocidad decae todavía más a los pocos metros. Las chicas entienden y se bajan en seguida del transporte improvisado. Nadie deja de sonreír. Cielo lo toma de la mano.

—'ení, ¡'ení! —dice, insiste.

Nara se queda atrás, los deja ir. Cielo arrastra a Fernando hacia la fila de árboles que sobreviven a pocos metros de las vías. Algunos llaman “el bosquecito” a este pequeño rejunte verde viejo.

—¿Acá está tu cuevita? —pregunta.

—Cue… 'ita.

El pequeño palacio deja al hombre sin palabras. Una cocinita con puerta averiada, una muñeca sin ropa y un solo brazo, un oso de peluche viejo con los pelos apelmazados, una taza, latas rescatadas de la basura, dos troncos que funcionan como mesa y silla.

—Se'tate.

—Claro, princesa.

La copa de un árbol caído envuelve la escena creando el refugio ideal para jugar.

—Esta guarida es súper-secreta, ¿no?

—Gua… ‘ida.

Cielo no tiene todavía tres años. La recolección de objetos, la confección del lugar, sin embargo, parecen obra suya y de nadie más. Se mueve de un lado a otro con dulzura, acomoda juguetes, da sentido al cuadro creado. Los rulos en su cabeza chisporrotean con cada paso.

—¿Es tu cumpleaños? —pregunta Fernando.

La chica agita la cabeza de arriba a abajo.

—Brindemos. La torta está muy rica.

Dos tazas invisibles en alto, el chinchín resuena en la imaginación.




—¿Pero no era sordomuda la hija de Ramírez?

—Por eso no se entiende.

—La bala no le pasó ni cerca.

—Los vidrios no la tocaron.

—No hay sangre ni herida.

—¿Habrá visto la bala?

—Se incrustó seca en la pared, bastante lejos de ella.

—Vibraciones.

—Eso sintió, seguro.

—También el viento, por la ventana rota.

—Casi no había viento.

—¿Miedo?

—Le transmitimos nosotros desde afuera.

—¿Decís que sintió nuestro miedo?

—Si sintió el miedo, también sintió la euforia de los que dispararon.

—Estaban medio lejos.

—¿Qué tiene que ver?

—Claro, ahora somos todos especialistas de ondas místicas.

—Los dibujos son cruentos.

—Eso es porque los ves ahora. Son bastante normales.

—¿Serán premonitorios?

—¿Pero nunca vieron dibujos de chicos del barrio? Largan toda la angustia que tragan en las casas.

—Para mí algo de premonición hay.

—La chica era un poco especial.

—Eso dicen de todos los discapacitados.

—Ay, nene, ¿cómo vas a decir eso?

—Eu, pará… ¿qué pegás, guacha?

—¿Qué onda que quedó toda agarrotada en el piso?

—Parecía un ataque epiléptico.

—¿Había tenido ataques antes?

—Laura tenía de todo. El padre no daba más.

—Cómo lloraba el pobre tipo…

—No entiendo quiénes eran esos flacos.

—El primer tiro pegó en una moto de gente del Curva.

—¿Vos decís que es la banda del centro?

—Eso se rumorea.

—Si empieza así…

—En una semana no vamos a poder caminar por el barrio.

—Por ahí eran un par de flacos fumados.

—O minas, ¿eh? ¿O la igualdad feminista no funciona ahí?

—¿Podés hacer algún comentario útil, Andrés?

—¿Vos, Lucio, no tenés un par de enemigos por acá?

—No estoy para jodas, hermano.

—El único que puede joder después de lo que pasó es este imbécil.

—¿Podés dejar de pegarme en el brazo?

—Te lo merecés.

—Aflojen los dos.

—Yo no hice nada.

—No empiecen con chiquilinadas.

—Bueno, papá Lucio, me callo.

—¿Hace un rato sentí que me moría y ahora me relajás? ¿En serio, hermano? Nunca temblé así. Pensé que iba a seguir temblando para siempre.

Con el cielo dudando entre celestes, oscuros y rosados, los tres caminan en cualquier dirección, atontados por la falta de sorpresa en el resto del barrio, por la banalidad de un contexto acostumbrado a los ruidos de la vida.




—Me voy a tener que ir, Cielo —dice Fernando después de un rato. Muestra algo de esfuerzo al levantarse de su tronco.

—'ení.

La chica lo toma del brazo otra vez. Se mueve ágil, como quien anda todos los días de secreto en secreto. Fernando se agacha para esquivar las ramas bajas y salir del escondite. Emergen al costado de las vías, donde el cielo, sin estorbo de árboles o edificaciones, se apropia del campo visual. El sol, mientras baja, lastima los ojos. Brazo en alto para cubrirse, el hombre se siente agitado mientras Cielo apura la marcha.

—¿Adónde vamos?

El grito agudo como respuesta. Cielo suelta la mano y corre bajando de las vías. Fernando demora en entender por qué escapa.

—¡Nahuel! —saluda con una sonrisa a medias al verlo caminando hacia él.

El hermano de Cielo, rodeado como está de otros chicos de su edad, lo mira atento, ojos rojos entrecerrados. La mano detrás de la espalda esconde algo. La remera desgajada permite ver marcas en la piel, rasguños o algo peor.

—¿Qué pasa, Nahuel? ¿Qué están haciendo acá?

—¡Lo iba a cagar a piñas, profesor! ¡¿Por qué se metió?! —La voz es un rugido adolescente.

—No importa, Nahuel, eso ya pasó.

—¡Era cosa entre él y yo! ¡¿Quién lo llamó a usted?!

La voz de Nahuel se siente certera. Como si repitiera líneas que había practicado, o más bien que había escuchado muchas veces y guardaba en la memoria. No parecían ser suyas, aun si el esfuerzo para apropiárselas fuera grande. Se acerca con cada frase al profesor.

—Nahuel, te pido disculpas. A veces la gente grande se mete donde no la llaman. Sabés que yo pienso que la violencia no resuelve nada.

Otro paso de Omar y Fernando no encuentra buena manera de manejar la situación. El corazón late acelerado, reclamo de los esfuerzos que no debía hacer a su edad. Algo le impide moverse; depende sólo de lo que tenga para decir. Resolver conflictos hablando es una de sus mejores habilidades: sólo hay que respirar y pronunciar las palabras justas. Las siente en la punta de la lengua, puede solucionar el problema, aun si percibe en los ojos de Nahuel una resolución que no logra conciliar, una posibilidad que rechaza con toda su mente. «No, no puede hacer eso, no puede», piensa, sin prestar atención al cuerpo que tiembla, que grita corré, salí de acá.




Tomás se sienta en la cama. Le gusta irse a dormir temprano, tener la habitación para él antes de que lleguen sus hermanos. Necesita silencio para hablar con su mamá; no puede hacerlo si hay alguien cerca.

—Má —dice bajito.

La ve a su lado, sentada en la cama sin hundir el colchón. «No es que flote: es que es muy liviana», diría Tomás si le preguntasen. Nadie lo hace.

—¿Cuándo volvés?

La imagen le sonríe. No hay respuesta. Entonces empieza a hablar más rápido:

—Te hice un dibujo —busca en la mochila abierta—; yo e'toy bien, hice un cartel para mañana, vamos a portestar con los chicos, mamá. Hice la “A” de A… —dibuja la letra en el aire— gua. Agua. Vamo' a pedir más agua, mamá. ¿Vos venís? Los chico' grandes me quieren pintar la cara, mamá. Yo no quiero —cruza los brazos—. Le dije a 'milio y no hizo nada. Pero me dijo que va'venir. Lucio no sé. Papá no viene. Lorena, la novia, viene a cocinar, lava los platos. Hace mucho ruido. Y me quiere abrazar, pero yo no quiero. ¿Por qué tiene novia papá? ¿Cuándo vas a volver, mamá?

Tomás apoya el dibujo en la cama. Unas gotas caen sobre las pinceladas rojas y azules.




(Fin del fragmento. Para seguir leyendo, enviame un mail.)